viernes, 3 de febrero de 2017

He aprendido a amar las cosas antiguas


He aprendido a amar las cosas antiguas. Pertenezco a esa generación que se propuso demolerlo todo, sustituir todo lo que tuviera unos años por cosas nuevas de materiales recién inventados. Hasta hace poco, en España no se restauraba, se sustituía: puertas, ventanas, farolas, bancos, edificios. Existía la impresión de que quien se dedicaba a mantener lo anterior era tacaño, pueblerino o no tenía gusto y quien cambiaba todo por materiales nuevos era moderno, europeo y desarrollado. Todos los portales sustituyeron aquellas antiguas puertas señoriales de madera o hierro por el aluminio sin gracia. Los alcaldes se apresuraron a subirse a esa moda para cambiar cada pocos años las marquesinas de los autobuses, los quioscos, los bancos o las papeleras aunque no hiciera falta. Teníamos un tejido ferroviario que nos hubiera permitido trazar en red comunicaciones rápidas por tranvías aprovechando la vía estrecha y decididimos lanzarnos a la locura de las carreteras levantando todas las vías antiguas para que nadie pueda recuperarlas dentro de unas generaciones, cuando alguien se dé cuenta de que aquella forma de viajar vertebraba mejor el país. Cambiamos todo el ancho de vía para los trenes de alta velocidad que hubieran podido desarrollarse de forma más barata con la tecnología española. España no conserva, abandona y sustituye: ni la naturaleza se libra de esto. Pensamos que cambiarlo todo es más barato que mantenerlo. Grandes edificios públicos o catedrales son abandonados sin conservación y cada medio siglo, por ese abandono, debemos gastar una fortuna en obras de restauración no siempre acertadas pero que dan impresión de que aquello está recién estrenado. Nos pasa con la cultura, también, que descubirmos embobados cada cierto tiempo como si no hubiera estado allí. Tampoco conservamos las personas. Ya se sabe que España destruye a toda persona de valía hasta que la silencia o consigue amargarla. Quizá cuando muere y no puede decir ya nada se levanta una estatua urbana de bronce de estas de ahora, sin gracia alguna, para que la caguen las palomas. A Cervantes acaba de pasarle por encima el cuarto centenario de su fallecimiento como si nada.

Me han enseñado a amar las cosas antiguas en los últimos años, he aprendido. A pasar la mano por una puerta de madera vieja, agrietada y despintada y percibir en ella su historia e imaginarme cómo quedaría restaurada. Y, sobre todo, cómo gana uno tiempo cuando se pone a trabajar la madera durante días. Cómo nos regalan su tiempo y su historia las cosas que han llegado hasta nosotros cargadas de años.

10 comentarios:

Alicia Montero dijo...


Estoy de acuerdo contigo...formamos parte de una sociedad desechable Pedro.
Todo es relativo, lo que para ti o para mi es valioso no lo son para otros. Pensé que las autoridades tenían un criterio diferente....sin embargo son humanos y con valores totalmente diferentes: mentes desechables. Así mismo con las relaciones personales...

Un abrazo mi querido amigo,

Ali

Emilio Manuel dijo...

¡¡Que cosas dices!!, parece que has nacido hoy.

Ya en serio, se te ha olvidado algo, entre ese quitar viejo y poner nuevo, alguien infla sus bolsillos.

Saludos

La seña Carmen dijo...

Por cambiar y tirar se cambian y tiran hasta los dientes.

Myriam dijo...

Ya sabes cuanto me gusta la arqueología, así que....

Besos

JL Ríos dijo...

Hablas de objetos, sobre todo, y también de personas. Nuevos ricos sin cultivar, eso hemos parecido muchas veces.

Un abrazo

virgi dijo...

Precioso, Pedro, me ha encantado.
Un abrazo

Jorge Godoy dijo...

Una gran verdad querido Pedro, yo que vivo tan lejos de usted, en la argentina, es exactamente igual, todo el mundo se queja por lo malo que se fabrican las cosas, sin embargo, ciento de culpa es solo nuestra por aceptar vivir con cosas de poco valor. Por poner un ejemplo, hace solo 40 años a nadie se le ocurria comprar un paraguas descartable, habiendo paraguas de produccion nacional, paquetes, elegantes, vendidos en los mas finos locales de venta de ropa para hombres, caros si, pero los mejores. Asi empezo todo, por gastar menos hemos entrado en nuestra propia decadencia, aceptando vivir de una forma menos confortable. Y ahora para remar rio arriba ya no tenemos mas fuerza y la nueva generacion se ha acostumbrado a la decadencia.
Muy bueno tu articulo y pienso igual que usted.

Ele Bergón dijo...

Creo que en la modernidad, a veces vamos tan rápido, que no nos damos cuenta de lo importante, de lo esencial. Mi amiga Lupi, también me ha enseñado a leer en la madera y me transmite su entusiasmo, pero yo, te confieso, no acabo de coger la lija.

Besos

mojadopapel dijo...

Amo lo antiguo como amo nuestra historia.

dafd dijo...

Es una impostura lo que voy a decir. Hace poco vi una película muy comercial en el cine. Se desarrollaba en el espacio, en una nave espacial. Solos los dos personajes, a millones de km de la Tierra, tenían que arreglárselas en una aventura espacial. Lo que más me llamó la atención de la peli era la profesión del protagonista: mecánico, simplemente. Él arreglaba cosas en un mundo donde todo se sustituía. Solo por eso le cobré cariño al filme y al personaje. Arreglar cosas significa que respetas el alma de estas, que tratas de restituir su antigua vida, rota por la avería. Y que pueden seguir desempeñando su función. El elemento estético, el nostálgico, el íntimo, el medioambiental (no tirar por tirar sino conservar, no producir por producir)... están ahí pugnando por su justificación.