domingo, 8 de enero de 2017

¿Dónde compré ese libro?


¿Dónde compré ese ejemplar del libro de Antonio Espina, Romea o el comediante, la biografía sobre el actor español del siglo XIX nacido en Murcia? Está publicado en Madrid por Espasa-Calpe en 1935. Estos días ando redactando un trabajo y he necesitado poner algo de orden en la parte de mi biblioteca en la que almaceno los libros que tratan del teatro del siglo XIX. Me he hallado sorpresas, libros que creía perdidos, duplicados, ausencias. Y agradables reencuentros, como este. Los libros trazan mi línea biográfica. Algunos me han acompañado en las seis mudanzas que he debido hacer en los últimos años y saben de mis esperanzas y mis fracasos, de mis alegrías y de mis tristezas.
El viaje de un libro es algo en lo que me pongo a pensar de vez en cuando. Me refiero a esos libros antiguos, no a las novedades que adquirimos al poco tiempo de ser publicados y que ya no han salido de nuestro poder. Este Romea vivió en las manos de alguien y atravesó la guerra civil española y una durísima postguerra, una dictadura miserable y una convulsa transición. Quizá yo me hiciera con él a finales del siglo pasado, ya derribado el muro de Berlín. Tenía la costumbre, ya perdida, de firmar los libros con el año en el que los compraba, pero este no, este Romea pudo rehuir ese hábito mío, no sé cómo. Lo abro al azar y me salta a la vista el párrafo inicial de la página 81:

Alrededor del trono pululaban los chanchullos y los chanchulleros.

Se refiere, claro, a la reina Isabel II, la misma a la que Valle Inclán calificaba de oronda, redonda y... cachonda. Se escribía esto durante la II República. Antonio Espina era progresista y republicano. A raíz de una denuncia del cónsul alemán fue condenado por publicar en El liberal de Bilbao un artículo contra Hitler en el que atacaba los fascismos cuando pocos lo hacían, El caso Hitler. Se mostró firmemente comprometido con la causa republicana, pasó casi toda la guerra civil en prisión e intentó cortarse las venas para acabar con su situación. Condenado a muerte en aquellos simulacros de juicios del franquismo, la pena le fue conmutada y pudo escapar a México y exiliarse. Volvió cuando el régimen abrió un poco la mano para aparentar normalidad ante las potencias occidentales y aún así siguió teniendo problemas continuos por sus escritos. Falleció en Madrid en 1972. Fue escritor polifacético que merece ser recordado (en este enlace de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes puede accederse gratis a su poesía completa). En el libro, Espina no se muerde la lengua con la política y situación española, al hilo de la biografía de Julián Romea. Y lo hace con una prosa exquisita y accesible:

Aquel Madrid fernandido tenía sus encantos. Sobre todo visto a más de cien años fecha. Madrid, poblachón destartalado y feo, solía causar sopresa a los extranjeros que lo visitaban por su raro perfil de señoril empaque y su ruralismo desconsolador.

Al lado de los grandes palacios de línea sencilla y elegante, viejos caserones de los siglos XVII y XVIII, se veían miserables casas de vecinos desdibujadas y cochambrosas, indignas de la capital de España. Lóbregos patios, portales estrechos y profundos, sórdidas guardillas que se inclinaban sobre los tejados como cajones torcidos prontos a derrumbarse; especie de facuces monstruosas asomadas al alero, tristes de misera, mucas pedigüeñas de una piqueta redentora.

¿Cuál sería la razón por la que este libro acabó en la librería de viejo en la que yo debí comprarlo? Quizá una necesidad (la pobreza, la falta de espacio), quizá el poco aprecio a los libros de los herederos de su propietario. Por entonces no se estilaba liberar libros para darlos nueva vida a la manera de lo que ocurre hoy. Y aquí está, felizmente reencontrado en el fondo de la estantería y ahora en primera fila. Y yo lo estoy gozando de nuevo al leerlo, como en la descripción de una de las causas del fracaso inicial del Don Juan de Zorrilla en su estreno en 1844. Bárbara Lamadrid, que hacía de doña Inés no daba el físico:

La actriz, bajo los hábitos de la virgen y lírica Inés ocultaba a duras penas unas amplitudes anatómicas totalmente impropias de la caracterización del personaje.

Espina imagina, inmediatamente la sonrisa maligna de su rival, Matilde Díez. El autor no pretende una obra académica sino una seria divulgación del mundo teatral de la España del siglo XIX encuadrado en la sociedad de su tiempo. Y lo consigue. Ya tengo lectura para esta noche.

6 comentarios:

JL Ríos dijo...

Imagino que estarás leyendo. Una entrada diferente a muchas, en la que mezclas reflexiones personales con apuntes casi académicos. No lo conocía, ahora sí gracias a ti. También hay humor, claro. Me ha gustado mucho. Un abrazo.

Kety dijo...


Buenos días, Pedro, Es una gozada leerte. ¡Siempre aprendiendo!

Un abrazo

Myriam dijo...

Gracias por el enlace, leeré su poesía. ¡Qué bueno ordenar si aparecen tales sorpresas! Yo también los firmo y lo sigo haciendo. Lo de poner el año o mes y año lo hice durante mucho tiempo y en algún momento lo dejé. Suerte mañana con el reinicio. Besos

SAU dijo...

hola pedro feñiz año que se uno exitoso para ti..
ahora....no se mucho de lecturta soy media torpe para esas cosas y mas si son antiguas...pero admiro tu forma de analizar las lecturas y la pasion que le pones capaz q mi comentario sea uno diferente al de los demas que si podrian opinar sobre ellibro :=)...bueno esa escrito "todos los rios buscan el mar" me gsuto mucho y quizas no pueda describir lo queme produjo pero me senti un rio....y quizas muchas veces busco defifnir como me siento ...y ese pequeño escrito me encontro..
besines desde argentina
:) SAU

pancho dijo...

De esa época se conocen los poetas y autores etiquetados como Generación del 27 y se acabó. Hubo otros muchos de los que apenas se sigue hablando, casi olvidados como Antonio Espina, de los que escasamente conocemos el nombre y poco más. Toda la tarde es cartel/ todo el sol es redondel.
Haces bien en sacarlo un poco del olvido.

José A. García dijo...

Tantos libros, tantos años, tantas lecturas... La mitad de las cosas que leo ni siquiera recuerdo cuándo es que lo compré, ni para qué.

Tengo libros que esperan a que los lea hace unos 10 años...

Saludos,

J.