miércoles, 2 de marzo de 2016

Almendros en flor, Ávila y XIV Premio de la Crítica de Castilla y León


Desde el tren,  Castilla se extendía ojos marrón y azul. Iba hacia Ávila pensando en si era cierto lo que decían los modernistas de estas tierras. Contemplaban el paisaje y su desnudez y pedían a sus habitantes condición de místicos o soldados. Interpretaba Unamuno que aquí solo podían darse de verdad estos seres y que su falta estaba en la raíz de tantos males de las tierras de España. Es actitud de filósofos exigir condición heroica y ascética a las personas como si no bastara vivir lo cotidiano, como si todos tuviéramos la misión de salvar la historia de España, una bien contradictoria, por cierto. Sea como sea, es cierto que este paisaje es intensamente esencia y en los días de luz abierta en los que las nubes no se presentan todo se extiende en en ojos azules, grises y marrones porque parecería no haber nada donde anclar la esperanza. Pero si nos acercáramos más veríamos pequeños manantiales, fuentes sonoras y regatos frescos que verdean durante quilómetros hasta que mueren en un río. Veríamos pequeñas huertas y personas que van a sus faenas debajo de este inmenso azul.

Desde Valladolid hasta Ávila, el tren atraviesa tierras por donde caminaron Teresa de Jesús y Juan de la Cruz cuando sufrían persecución por la reforma del Carmelo pero insistían en ella. La jerarquía de la iglesia oficial de aquellos tiempos se los apropió pronto tras maltratarlos en vida porque nada hay mejor para el equilibrio del poder que asimilar a los que pueden desestabilizarlo. Tanto los asimiló que los conviertieron en leyendas en las que difícilmente se los reconocía, como ha sucedido también cuando desde ideologías más modernas se ha querido convertirlos en nuestros contemporáneos. Ni lo uno ni lo otro. Teresa de Jesús y Juan de la Cruz fueron personas de su tiempo, enraizadas en una época convulsa y de cambios sustanciales en la forma de entender la espiritualidad y las relaciones entre el individuo y la sociedad.

El motivo de mi viaje a Ávila era intervenir como miembro del Jurado del XIV Premio de la Crítica de Castilla y León, del que formo parte desde su inicio. Como nos encontramos en plenas conmemoraciones del V Centenario de Teresa de Jesús, no es de extrañar que dos de los finalistas del Premio trataran sobre ella. Sobre Teresa de Jesús es, precisamente, el título del escrito en colaboración por José Jiménez Lozano y Teófanes Egido. El primero es autor de un texto en el que se interpreta literariamente esa conflictiva relación entre Teresa y las autoridades eclesiásticas y el segundo construye un monumento histórico que se consolodirá seguramente como el perfil más ajustado a quien fuera aquella mujer desde la afirmación inicial de su ascendencia judeoconversa, consolidada ya de forma indiscutible, y que tanto ayuda a comprenderla.

El título ganador de este año ha sido El castillo de diamante de Juan Manuel de Prada. Desde mi punto de vista, es la mejor novela de este autor. En ella desaparecen algunos rasgos de su escritura que lo hacen excesivamente retórico en muchos de sus textos y construye un sólido y documentado relato histórico en el que nos presenta a Teresa de Jesús y la Princesa de Éboli como personas antes que como leyendas históricas y a partir de sus relaciones levanta un cuadro vivo en el que se caracterizan las relaciones de poder de aquellos tiempos, aparte de jugar con modalidades narrativas propias del siglo en el que vivieron.

Entre los finalistas se encontraban también obras de la calidad de Café Biarritz de José C. Vales (Premio Nadal 2015), Donde nos estás de Gustavo Martín Garzo, El sentimiento de la vista de Miguel Casado, Distintas formas de mirar el agua de Julio Llamazares (que retiró su candidatura al no considerarse reconocido en calidad de castellano y leonés), Las inglesas de Gonzalo Calcedo, ...Y todo lo que es misterio de Andrés Soler, Nunca el olvido de Elena Santiago y Confiado de José Antonio González Iglesias (XXXVI Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla). Una buena y variada cosecha, sin duda. De muchas de ellas -incuida la obra ganadora- publicaré aquí reseñas en las próximas semanas.

Y al llegar a Valladolid fui a reencontrarme con la extraordinaria humildad de mis almendros en flor, los que año tras año fotografío para este blog. Javier García Riobó me había anunciado que ya habían forecido hace días -un poco después de que yo buscara a sus hermanos en Ayamonte- y casi me pierdo su blancura dulce, quizá ella sí la más apropiada para estas tierras. Encajados desde hace mucho tiempo en plena ciudad en un rincón que se ha salvado del homigón son la mejor expresión del misticismo que necesitamos en estos tiempos que se han decantado hacia el ruido. Y un anuncio de que si ellos han podido salvar los fríos de las últimas semanas, la primavera ya está aquí, franca, democrática y luminosa.

5 comentarios:

dafd dijo...

Buf, pues vaya nombres (de autores) para el certamen. Teófanes Egido, si no me falla la memoria, creo que salió en un programa de La clave hace años, no sé si hablando de la santa o de algún aspecto de mentalidades de la época. Cierta inclinación guardo.

Omar enletrasarte dijo...

disfruta del honor de ser jurado, de Ávila y por supuesto, de los
escritores
un abrazo

Ele Bergón dijo...

La flor del almendro siempre vuelve, como la buena literatura.
Sí es verdad que últimamente andas un poco perdido por el mundo y te supongo disfrutando de los paisajes, los amigos, los libros, los lectores...

Besos

Myriam dijo...

¡Qué interesantes parecen ser esos dos libros sobre Teresa de Jesús!

¿Entrará alguno de ellos en el Club de lectura?

Felicidades al ganador.

Myriam dijo...

Preciosos tus almendros en flor.

Besos