lunes, 22 de febrero de 2016

No es tiempo de envenenar la esquina de la página para que no se lea un libro


La noticia del fallecimiento de Umberto Eco el pasado viernes me ha llegado en un momento en el que he abierto un foro de debate con algunos de mis alumnos sobre la importancia de la imprenta. El sabio italiano nos hizo disfrutar a muchos de la teoría literaria. Todavía recuerdo el impacto que me ocasionó la lectura de Obra abierta o Apocalípticos e integrados en mis primeros cursos universitarios. Anoto aquí que los leí más por iniciativa propia que por recomendación de mis profesores de aquellos años, muchos de los cuales ni siquiera los conocían por el título aunque se habían publicado quince años antes y eran citados en todo el mundo. De hecho, ni en mis estudios de licenciatura ni en mis estudios de doctorado Umberto Eco jamás fue referido por ninguno de mis profesores en clase. Ni una sola vez. Eso sí, varios lo incluían en las referencias bibliográficas.

El nombre de la rosa, su obra más popular, se convirtió rápidamente en un éxito de ventas en todo el mundo. Un libro muy vendido que, además, contenía una poderosa reflexión sobre el saber que no era contraria a una lectura amena. La elección de la novela policíaca como género contribuyó a ello. No era una fórmula original de Eco, por supuesto, pero como buen conocedor de la recepción supo comprender que ese formato, ya dignificado por su uso desde las primeras novelas de la postomodernidad, era el más adecuado. Tenía razón: desentreñar cómo controlando el saber se controla al ser humano es una labor detectivesca. La investigación erudita en las materias humanísticas, cuando va más allá de la mera enunciación de las cosas, es eso exactamente, poner en evidencia cómo el poder ha controlado la cultura y la información.

El conflicto de esta novela es ese exactamente y no otro, el control del conocimiento por unos pocos hasta el punto de que consideren que es mejor hacer desaparecer los textos básicos que dejar que se divulguen. De ahí el mito de la biblioteca como lugar secreto o como laberinto. Supo buscar la época adecuada para su ambientación. El siglo XIV fue un tiempo de cambios. El humanismo sacaba el saber de los conventos, lo hacía laico y ponía las bases para su extensión futura. Luego vendría la imprenta. Muchos pensarán que fue la imprenta la que produjo esa extensión, yo soy de los que piensan que la imprenta llegó como técnica demandada por una comunidad cada vez más amplia de personas interesadas en el libro y en el conocimiento.

Algo similar se ha producido con Internet. No creo que Umberto Eco despreciara de verdad Internet en sus famosas declaraciones sobre cómo ha dado voz a "una legión de idiotas". El estrépito que produjo era parte también de la promoción de su novela Número cero (2015). El ruido en las redes sociales, en efecto, es mucho, a veces irritante. Basta con buscar adecuadamente para evitarlo. Internet ha traído un salto cuantitativo y cualitativo en la divulgación del conocimiento. Una nueva forma de arrebatar la llave a los que guardan celosamente los secretos. Debemos estar alerta. Estos también fabrican el ruido y lo fomentan: han descubierto que no hay mejor forma de ocultar algo que rodeándolo de algarabía. Algunos de ellos no son tan listos, se limitan a ofrecernos una herramienta más para vendernos bienes de consumo. Pero oponerse frontalmente a Internet sería actuar como el monje que envenenaba la esquina de la página por la que pasaban su dedo los lectores de un libro...

10 comentarios:

Neogéminis Mónica Frau dijo...

Leí En nombre de la Rosa varias veces. Me impactó cada vez que lo hice.
Merecido homenaje.
Un abrazo

Camino a Gaia dijo...

Eco supo encontrar un nombre para la bestia: La Máquina del Fango. Podría haber sido otro nombre, pero este no habla tanto de quien la pilota, sino de un mecanismo que termina arrollando a quienes algún día pensaron que podían gobernarla. Conforme se diluyen los gradientes de información, la entropía avanza inexorable y los envenenadores acaban intoxicados, al beber del mismo agua que contaminaron.

Emilio Manuel dijo...

Como trabajador que fui de Telefónica vengo utilizando la red desde aquellos principios, se llamaba ibertex y era mediados de los 80, un poco más tarde realicé una titulación universitaria vía Internet de eso hace unos 10 años, en aquellos momentos todo era más fácil, no había aún redes sociales e Internet era un pequeño lujo en España, hoy está al alcance de casi todos.

Participo de lo que decía el semiólogo Umberto Eco en cuanto a que, gracias a las redes sociales, Internet ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad, esta misma idea se la escuché decir a un famoso que ha sido insultado por la presentación que hizo en los Goya.

Para buscar lo interesante en todo este maremagnun de información hay que buscar y buscar, la primera vez que escuche decir que "el exceso de información es desinformación" fue leyendo a Roszak, creo que esto va a peor.

Saludos

Abejita de la Vega dijo...

Gracias a ese libro me quedé sola en un tren en la estación de Miranda. Era la estación de destino y a punto estuve de ser transportada en un tren fuera de servicio, no sé dónde. Tan metida estaba en aquel monasterio de ficción. Gracias a Humberto Eco. Pero Internet es una inmensa biblioteca, una revolución del conocimiento que merece la pena preservar del veneno.
Hasta luego

São dijo...

Excelente entrada a tua, amigo mio.

Li "O Nome da Rosa" e o filme também.

DE Eco , li bastante e considero-o , como tu, um sábio.

E, sim, que se não envenenem os transmissores de conhecimento.

Besos, Pedro

Luis Antonio dijo...

Lo que más me agradó de "En nombre de la rosa" son aquellas célebres primeras cien páginas, llenas de historia de las herejías medievales, que Eco había incluido —según diría luego en sus Apostillas— para meter al lector en la Edad Media antes de contarle nada.

Me atrevería a decir que me despertaron durante un tiempo un deseo irreprimible
de profundizar en el conocimiento de esta etapa de la historia.

Ahora estoy leyendo - algo ha tenido que ver el fallecimiento de su autor - EN QUÉ CREEN LOS QUE NO CREEN....

Luis Antonio dijo...

Las primeras cien páginas de En nombre de la rosa me encantaron. La recreación medieval es tan intensa que en su día me contagió el ansia por profundizar más en el conocimiento de esta etapa de la historia.

Ahora he comenzado a leer EN QUÉ CREEN LOS QUE NO CREEN. Algo ha tenido que ver la muerte de su autor para que haya comenzado a leer este libro...

Fackel dijo...

Siempre hay una relación de causa a efecto entre técnicas y demandas de grupos sociales, naturalmente con el tiempo debido para que esa relación cuaje. La capacidad de lectura en aquellos tiempos debía estar muy reducida a unos sectores y el relato oral seguía teniendo su importancia.

Myriam dijo...

Se fue un grande, pero Vivirá en nuestra memoria y en su obra.
RIP et lux

"han descubierto que no hay mejor forma de ocultar algo que rodeándolo de algarabía"

¡Qué cierto!. Pero como dices, hay que estar atentos,
internet forma parte ya de nuestras vidas y tiene muchas
cosas buenas, y como todo en la vida, hay que saber usarla.

Besos

JL Ríos dijo...

Lo leí en su momento y me gustó. No estaba, entonces, acostumbrado a ese nivel literario. Lo he seguido hasta ahora, con altibajos.

Un abrazo