domingo, 21 de febrero de 2016

De las afueras a la montaña


De cómo un urbanita salió al campo y descubrió que le gustaba. Así más o menos debería escribir un relato sobre mí mismo. Yo era un chico de ciudad, siempre lo he sido. De las afueras de la ciudad, pero de la ciudad. En realidad, un chico de barrio, de barrio obrero. Ya lo he escrito en alguna ocasión. Nací y vivi mi infancia y mi juventud en un barrio en el que se terminaba la ciudad, en el que convivían algunos edificios de los años sesenta con casas molineras que se alineaban en los bordes de la cañada real y algún descampado en el que jugábamos al fútbol o nos reuníamos las pandillas de chavales nacidos en la famosa explosión demográfica de aquellas dos décadas finales del franquismo. Más allá solo estaba el campo. El campo de antes, cuando la ciudad se acababa y hacía frontera con cultivos de cereal, acequias de riego y pequeñas huertas.Ahora las ciudades terminan de forma diferente y se rodean de urbanizaciones, circunvalaciones, barriadas marginales, cinturones de fábricas y polígonos inmensos, restos de antiguas naves abandonadas y toneladas de basura en depósitos incontrolados de residuos. El campo era algo que estaba ahí pero con el que uno no contaba en su horizonte. Como mucho soñaba con países exóticos y ciudades lejanas. Pero hace unos cuantos años descubrí de verdad el campo y con él vino pasearlo a pie, como deben ser las cosas. Y luego llegó la sierra. Y cuando me falta unas semanas la echo de menos. No solo a la montaña porque la montaña es soledad y conciencia de nuestra condición de seres que viven una nada de tiempo. La montaña es uno mismo pero también es el grupo de amigos con el que se planea subir, se reparte el peso en las mochilas y se comparte el termo con un té y unas pastas. Y luego, en el refugio, un plato caliente, un poco de buen vino y muchas historias sobre montañas y panceta preparada en las cumbres. Y cuando te despides de ellos quieres que llegue pronto ese día de volverse a calzar las botas y tirar hacia arriba, atravesar arroyos y prados, pisar la nieve caída en las últimas semanas. Y vas contigo y todo tu peso. Pero también con ellos. Y cómo alivia.

11 comentarios:

Gelu dijo...

Buenas noches, profesor Ojeda:

Es que se han encontrado unas excelentes personas. La belleza del paisaje está a la vista, y luego -por añadidura-, el termo, las pastas, las sopas de ajo, …y la conversación entre amigos.

Abrazos.

impersonem dijo...

Yo soy del terruño... y me gusta la tierra... los sembrados y los barbechos... soy más de llanura que de montaña (en el gusto digo)... aunque hay montañas dignas de pisar...

Me alegro de que disfrutes de la naturaleza tal como relatas... esa comunión con ella que describes proyecta una gran empatía en mí...

Suelo pasar cerca, muchas veces, de ese paisaje que contempló tu infancia y que describes aquí...

Abrazo.

jordim dijo...

Voy a hurgar más por aquí, me relaja.

Campurriana Campu dijo...

No sabes cuánto te entiendo, Pedro. El senderismo de senderos, de carreiros aquí en Galicia.

Fackel dijo...

Pues haber vivido la infancia en una zona donde se acababa la ciudad y se veía campo tenía un interés enorme para la mentalidad de un niño. Era un poco menos urbanita, los paseos serían mas lagos, los paisajes mas variados. Como la experiencia que tuvimos otros de pasar el verano en zona rural de hecho, en la proximidad de una ciudad norteña. Hoy se reduce tanto la visión exterior que repercute en la interior...Y encima los ojos lo van a sentir.

Emilio Manuel dijo...

Que hermoso es caminar y descubrir esos caminos que no te llevan a ningún lugar salvo a una pradera, a una colina, a un riachuelo, a un árbol centenario o a cualquier lugar donde el aire sea puro y las estrellas se vean tal cual son.

Saludos.

Edurne dijo...

Eso es vida, sí señor!
Yo lo estoy echando en falta, ¡y cómo!

Besos camineros
;)

XuanRata dijo...

Yo también siento esa escisión. En todos los sitios en los que he vivido, que tampoco han sido tantos, siempre se ve el campo desde la ventana de mi piso. Seguro que no es casual. Casi nada lo es.

Myriam dijo...

Divina la foto.

Quien es fiel a sus raíces, nunca puede perderse
de si mismo.

Los pocos momentos felices de mi infancia,
los pasé en el campo, siendo de pura cepa citadina.

Un beso, Pedro.



JL Ríos dijo...

Creo que tienes mucha razón.

Un abrazo

Ele Bergón dijo...

Ya en tu infancia de ciudad te fijabas en las flores del almendro.

Pasear por el campo en soledad es saludable y ese estar con uno mismo, es uno de los placeres que toda persona debería experimentar, pero el andar o pasear con los amigos, te relaja porque te sientes en compañía.


Besos