sábado, 24 de octubre de 2015

Cabañas


De chicos nos construimos cabañas y refugios. Debajo de la mesa camilla me hice una tienda de campaña y entre las patas de la mesa de la cocina de mis padres sucedieron batallas entre indios y vaqueros. Y cuando crecemos juntamos unos troncos y unas ramas y levantamos cabañas en las que imaginamos ser libres desde la hora de la merienda hasta que suenan las voces de las madres llamándonos para la cena. Al crecer te das cuenta de que la mayor parte de nosotros no tenemos construcción más sólida ni mundos más libres que aquellos.

13 comentarios:

Edurne dijo...

¡Qué razón tienes!
Yo recuerdo que de pequeña en el taller de mis tíos, que eran sastres, nos metíamos debajo de la gran mesa de cortar y planchar de mi tío mis primos y yo (teníamos nombres de guerra y todo), y allí montábamos un mundo paralelo que era solamente nuestro...
¡Qué tiempos aquellos!
Y hoy... Hoy me encuentro completamente desprotegida.

Besos.
;)

Fackel dijo...

Creo que esas construcciones coincidíamos muchos. Una higuera frondosa podía ser una excelente construcción natural a la que se le podía añadir algún retoque con chapas de hojalatas. Tienes razón en lo de las construcciones sólidas y escondites (aquellos mundos libres) de nuestra edad post adulta. Tal vez por eso algunos vivimos de ficciones e invenciones varias.

Juan Luis Garcia dijo...

La solidez radicaba en que si se caía no faltaba entusiasmo para volver a comenzar y construirla mejor.

DORCA´S LIBRARY dijo...

Desde pequeña me han gustado los árboles. Recuerdo que cerca de la casa del abuelo de una amiga, había uno que tenía un hueco en su tronco. Pensábamos que un duende había abierto esa "puerta" ahí, para colarse dentro del árbol y poder vivir en él. Muchas veces nos metimos dentro a esperar al duende. Nunca llegó, pero esos momentos de espera fueron tan felices, que aún hoy los tengo en mi memoria. Tu entrada me ha hecho regresar a ese árbol mágico.
Un abrazo, Pedro.

Myriam dijo...

SÍ, en el supuesto de que se haya tenido una niñez feliz....

Besos

SAU dijo...

TOTALMENTE...recuerdo que de niña en las camas cuchetas hacia casas con mi hno haiamos carpas con sabanas y frazadas construiamos nuestro mundo paralelo al que transcurria afuera en el exterior...era un mundo imagianrio pero era un mundo perfecto...
besos pedro:)
como siepre haciendonos refleccionar de una manera tan linda...
SAU

Alicia Montero dijo...


Estoy tan de acuerdo contigo Pedro. Las construcciones emocionales más sólidas nos la dan nuestros padres, es la clave!
El amor, la contención, el derecho de pertenencia está ahi, en el hogar.
La fuerza para la vida proviene de ellos. Son nuestro colchón emocional, la base de nuestra felicidad o de nuestra desgracia... asi de fuerte!

Un abrazo cálido,
Ali

Rita Turza dijo...

Precioso retrato de interior Pedro, a veces al crecer se desmoronan las cabañas que construimos de niños, pero siempre queda la esperanza de saber reconstruirlas.

Un beso muy fuerte.

Emilio Manuel dijo...

Algo muy parecido a lo que manifiestas le decía ayer a mi nieto de 10 años, no se si lo entendió, seguro que no, aunque espero que se acuerde con el tiempo y no piense que eran cosas del abuelo cebolleta.

Un saludo

Joselu dijo...

Yo no hice cabañas ni refugios. Yo era un niño de ciudad que andaba suelto por las calles desde los cuatro o cinco años. Recuerdo aquel tiempo como libre pero terrible, extremo, desquiciado... Pero ciertamente es la única etapa de mi vida que evoco con curiosidad, con el deseo de comprenderla. Es la única sobre la que me gustaría escribir. Entre los cuatro y los siete años, el único territorio salvaje de mi vida: espantoso, durísimo, violento, pero a la vez luminoso y magnético. No tuve cabañas ni refugios pero coincido contigo en que aquel tiempo fue libre. ¿Sólido? No sé, pero libre sí.

Abejita de la Vega dijo...

Al leer tu entrada, me he visto a mí misma bajo la mesa camilla, con mi muñeca la rubia, jugando a la casita. Es algo que suelen hacer los niños, buscarse un espacio que ellos creen a salvo de las miradas de los mayores.

Lo de la cabaña, también, pero más tarde.

Gelu dijo...

Buenas noches, profesor Ojeda:

Con mis hermanos teníamos el mejor de los castillos en la mesa camilla, que mi madre había vestido con falda de cretona. La infancia, tiempo en el que se es más dependiente y sin embargo más libre. Constituye la parcela feliz, porque sabemos que están nuestros padres, en los que siempre podemos confiar.
Por ese motivo, todos los niños deben gozar de esa etapa maravillosa de la inocencia, y reservarla para poder volver.

Abrazos

mojadopapel dijo...

Es el afán constructor y destructor que todos llevamos dentro.