miércoles, 1 de julio de 2015

El Raisuli en las murallas de Asilah, blanca y azul


Muley Ahmed ibn Muhammad ibn Abdallah al-Raisuli se asomó al mar desde las murallas de Asilah. La ciudad, blanca y azul, se recogía del sol a su espalda. El mar estaba en calma y se extendía hacia el occidente como una promesa. Conocía su leyenda. Para algunos era el jerife de los yebala y como tal era respetado. Lo percibía cuando paseaba a caballo por su territorio. Para otros no era más que un sanguinario. Las potencias extranjeras que se repartían el mundo oscilaban como el viento según sus intereses. Lo necesitaban pero él mismo sabía que prescindirían de él y le dejarían solo frente a sus enemigos en la primera oportunidad que se presentara.

El Raisuli se sabía condenado pero creía que el destino no es cosa sobre la que él pudiera obrar pero sí sobre su presente. Sus enemigos eran fuertes y antes o después se le impondrían. Sabía también que la sangre que había derramado pedía la suya propia. Vivía el presente con todas sus energías porque en su propia vida había sufrido también la cárcel y el dolor físico. Pero había algo en su pecho que le impulsaba a ser quien era sin importarle las consecuencias ni cómo el futuro escribiera su historia porque él vivía solo para el día que amanecía cada mañana. La muerte no depende de uno mismo pero todo lo demás sí: la forma de entender la vida, la propia libertad, el fuego de la pasión por las mujeres a las que amaba a veces hasta la locura. Quería ser él mismo hasta que el aire dejara de entrar en sus pulmones.

Se levantó algo de brisa. El Raisuli dejó que le refrescara el rostro y sintió algo profundo en su pecho. Llevó su mano al corazón, como cuando alguien se encuentra con un amigo muy querido. El mar se ofrecía a su vista, como si no hubiera cambiado desde que fuera un niño y viera cerca de la playa un gran macho de león del Atlas, imponente, que se quedó contemplándole largamente desde una duna. No sintió temor alguno y comprendió por vez primera que él era Muley Ahmed, jerife de los yebala y que toda su vida debía escribirse a partir de esa condición. La sombra de una gaviota cruzó la muralla y se adentró entre las callejuelas de Asilah, blanca y azul.





5 comentarios:

Omar enletrasarte dijo...

un gran decidor, jeje como dicen por acá
un abrazo

Abejita de la Vega dijo...

Un digno descendiente de Abenámar, moro de la morería. Tu relato suena a romance viejo.
Azul.

lichazul alqantar dijo...

he visto las fotos que has subido ,
y hay algo de mí que me dice allí hay raíz mía ...

besos

Myriam dijo...

Me encantó tu relato, tanto como Asilah, Qué belleza de ciudad!!!!

Besos

Myriam dijo...

Todo un personaje este Raisuli!!!!