domingo, 4 de enero de 2015

Escena Abierta 2015 y una reflexión sobre los festivales de teatro en España en las últimas décadas


Habría que escribir la historia de los festivales (muestras, jornadas, etc.) de teatro en España en las últimas décadas. Sin ocultar nada: ni las luces -que son muchas- ni las sombras -que son tantas como aquellas-. La libertad de expresión de la Transición y el crecimiento de las políticas culturales de los Ayuntamientos, Diputaciones y Comunidades autónomas provocó la aparición, en toda España, tanto de decenas de festivales de teatro como la proliferación de museos, la mayor parte de ellos insostenibles y que solo se abrieron para halagar localismos, poner placas para la posteridad con el nombre del alcalde de turno y que los concejales y otros gestores de cultura se hicieran cientos de fotografías para la prensa local.

No soy partidario de hablar de derroche cuando comentamos la inversión en cultura. Visto lo que ha pasado en España, cualquier exceso en la organización de festivales de teatro ha sido notablemente menos sonrojante que lo que ocupa hoy las primeras páginas de nuestros periódicos y, al menos, algo habrá quedado en la formación de varias generaciones de espectadores. Siempre y cuando no hablemos de que alguien haya metido la mano en la caja también en estos casos, por supuesto.

La proliferación de festivales trajo muchos beneficios: extendió el gusto por las artes escénicas en toda España, incluso en municipios que carecían de un local teatral; amplió el tipo de espectáculos que solían verse en los locales tradicionales; incorporó al teatro a sectores de la sociedad que no asistían nunca a una representación o lo hacían con poca frecuencia; ocupó espacios urbanos llenando las ciudades durante unos días de un producto cultural para todo tipo de público; permitió que muchos profesionales -o semiprofesionales- ganaran en experiencia y currículum y pudieran tener ingresos económicos relacionados con su oficio; creó un circuito teatral inexistente hasta ese momento; provocó un necesario y enriquecedor intercambio de ideas, investigación y proyectos entre las compañías, etc.

También tuvo puntos oscuros: se tendió a mezclar todo tipo de ofertas culturales bajo el nombre de artes escénicas, algunas de ellas de ínfima o ninguna calidad; se fomentó una especie de compadreo entre los programadores y los programados hasta el punto de ser demasiado frecuente que según quién fuera el programador un profesional ya sabía si tenía esperanzas de ser o no contratado; algunas redes de teatro se cerraron a lo que no era propio; se crearon circuitos dentro de los circuitos por afinidades ideológicas o de escuela; se incrementó artificialmente el caché de muchos profesionales contribuyendo a crear falsos prestigios solo por moda o amiguismo que solía derivar en un intercambio de favores; se cargaron las arcas de las instituciones públicas con presupuestos hinchados; se generó una peligrosa sensación de que todo espectáculo cultural era y debía ser gratis o casi gratis sin que los espectadores tuvieran la sensación de que todo se pagaba con sus impuestos, que nadie respondía del gasto y no se atraía nunca dinero privado; se acostumbró a muchas compañías teatrales a vivir exclusivamente del dinero y la programación pública sin arriesgar en la taquilla ni con producciones propias.

Pero, fundamentalmente, hubo algo que hay que reprochar a los que gestionaron estas programaciones en los últimos años de abundancia y los responsables políticos correspondientes: no se aprovechó de verdad que fluía el dinero para consolidar una red de festivales sostenibles, una oferta cultural y una demanda social que hicieran imposible que cuando viniera una crisis las instituciones cobraran entre sus primeras víctimas el mundo de la cultura. La costumbre del todo gratis o de disparar con pólvora del rey gracias a los presupuestos gestionados por administraciones públicas o cajas de ahorro gobernadas por políticos, la mezcla de cosas heterogéneas bajo el cartel de cultura, la pereza y maliciosa vanidad de muchos profesionales y el oportunismo de los responsables, sumado al bostezo generalizado de la sociedad española ante la cultura porque la desconoce nos ha traído como consecuencia lo que tenemos. Un campo de batalla en el que un ministro como Wert puede gravar los espectáculos teatrales con un tipo de IVA incomprensible ante la pasividad de la mayor parte de la sociedad y hacerlo con saña, casi como una venganza.

Una buena parte de los festivales de teatro han pasado al olvido. De los que quedan, muchos ni siquiera deberían llamarse así porque o no tienen un objetivo concreto o  no programan un número mínimo de montajes.

El Festival Escena Abierta de Burgos, que comienza el próximo día 10 de enero, es un ejemplo de lo contrario. Siempre programó con sentido común y un objetivo claro: ofrecer espectáculos novedosos, no comerciales ni pensados necesariamente para un local teatral tradicional. Aunque ha visto reducido su presupuesto en estos últimos años nunca manejó las cifras de otros y las instituciones que están detrás han cumplido con su función institucional. Quizá no tanto por ellas mismas como organismos sino porque las personas responsables del Festival siempre han tenido claro lo que debía ser y han trabajado mucho para ello a veces sin el reconocimiento necesario. En su edición del 2015 -ya la número XVI- programa espectáculos que tienen en común una reflexión sobre la poética del espacio de la representación y su ocupación por parte del público y de los actores. Un tema siempre interesante porque es la base inicial de cualquier espectáculo teatral: la creación de un espacio en el que se crucen todas las líneas entre la realidad y la ilusión. Se puede descargar en este enlace el dossier completo. Una buena oportunidad para comprobar cómo si hay un buen inicio se puede sostener una buena idea con tesón y trabajo a pesar de los malos tiempos.

3 comentarios:

Alicia Montero dijo...

Pues enhorabuena a al Festival y a la buena gestión de sus organizadores!! que todos disfruten y sean felices a través de la cultura Pedro..

besos!

Ali

Montserrat Sala dijo...

Hola Profesor.Este tema no lo habia pensado nunca. Pero sin duda tienes razón, y me alegro que en Burgos tengais y podais disfrutar de teatro del bueno. Lo que se podria comparar con la gran competencia y el negocio que suponen los festivales de música del verano, en la costa. En este momento, osea en verano, de este año, hubo tal profusión de veladas
que ni fueron buenas ni baratas. El
dinero fàcil atrae a los promotores.

Paco Cuesta dijo...

Las personas hacen con su dedicación que lo imposible sea posible.
Un abrazo