sábado, 25 de octubre de 2014

Mapas antiguos de España: España en el mundo (siglos XV al XIX)


Todavía recuerdo un atlas infantil que manejé de niño. Tengo grabado en la memoria un mapa de España en el que se resaltaban los productos más característicos de cada una de las regiones: cereales en Castilla, altos hornos en Vizcaya, vacas y minerales en Asturias. Se acompaña el producto de una pareja de paisanos vestidos con el traje regional correspondiente. Antes de la era de Internet me gustaba tener un atlas actualizado del mundo y coleccionaba los planos de las ciudades que visitaba. Me recuerdo de muy niño confeccionando mapas de mi mundo conocido y de mis mundos soñados. No recuerdo ya si había fin del mundo en ellos o quizá no quiero recordarlo.

Siempre hemos necesitado de mapas. A veces dibujados con un palo en la arena. Cuando la Terra Incognita era mayor que la conocida el mundo aparecía como temor o como un reto. Ante una frontera -un límite en un papel, un valle en el horizonte- el ser humano siempre ha tenido dos opciones: amurallarse o marchar hacia lo que no conocemos. Aún hoy.

Durante gran parte de la historia de la humanidad los mapas eran uno de los secretos mejor guardados. Su publicación o su divulgación a los enemigos se condenaba con la muerte. Disponer de un mapa eficaz suponía la diferencia entre la vida y la muerte, el éxito o el fracaso de una empresa, la victoria o la derrota en un conflicto bélico. Una de las cosas más importantes que trajo el progreso de la libertad fue el derecho a tener un mapa: sucede hoy mismo cuando los satélites impiden la visión clara de determinadas zonas a través de programas como Google Maps.

El avance del conocimiento geográfico y las nuevas herramientas técnicas traen consigo mejores mapas: podemos viajar con el dedo sobre uno de ellos a miles de quilómetros o poner chinchetas en los lugares visitados, imaginar cómo serán nuestras próximas vacaciones o la mejor ruta para recorrer el mundo en bicicleta. Esta tarea -de alta esencia humana- hoy la delegamos en programas informáticos a los que muy pocas veces desobedecemos. Nos perdemos con eso la sorpresa. Es curioso: hoy ya no queda Terra Incognita y en gran medida hemos matado el juego de imaginar la sorpresa de lo desconocido.

Algo de todo esto pensaba mientras veía esta excelente exposición, Mapas antiguos de España: España en el mundo (Siglos XV al XIX), cuyos fondos proceden de la colección particular de Rodríguez Torres / Ayuso (montada expresamente para la Sala Municipal de exposiciones de la iglesia de las Francesas, Valladolid, hasta el 30 de noviembre). En el recorrido hay muestras desde los inicios de la cartografía hasta principios del siglo XX, con algunos de los ejemplos más notables.

Quizá hoy hayamos cartografiado ya todo nuestro mundo físico, pero todavía nos queda gran parte de la tierra desconocida más apasionante, más terrible y más bella, la que se encuentra en el interior del ser humano.

6 comentarios:

PENELOPE-GELU dijo...

Buenas noches, profesor Ojeda:

Desde niña me gustaba mucho la geografía y me causaba admiración el que -desde antiguamente-, los exploradores emprendieran esos desplazamientos tan largos. Me preguntaba, cómo los cartógrafos habían sido capaces de hacer esos mapas, que parecían imposibles de obtener con medios rudimentarios.
Ahora que todo el mundo –en unas breves vacaciones- se cree Marco Polo, no sé si tiene interés los viajes al interior

Un abrazo.

El Deme dijo...

Era maravilloso tener un Atlas en la mesa y pasar cuidadosamente las páginas: los mapas políticos, los mapas geográficos... y soñar, memorizando las capitales y las ciudades importantes. Luego todas las fronteras cambiaron, como los sueños, pero de aquellas tardes de pasar páginas quedó el interés por los viajes, por el mundo y por la cultura.

Neogéminis Mónica Frau dijo...

El hecho de confeccionar o saber ubicarse con un mapa, implica la habilidad de quien lo hace, en cuanto a poder auto referenciarse con su entorno, o sea a saber interpretarse en relación con lo que le rodea. Una actitud intelectual de suma importancia.
Un abrazo.

Abejita de la Vega dijo...

En nuestra infancia los mapas nos hablaban a la imaginación. Los niños de ahora disponen de demasiadas imágenes.

Un abrazo

Estrella dijo...

Yo también tuve ese mismo mapa, Pedro, el de los cereales en Castilla (entonces eran la Vieja y la Nueva)y las vacas y minas en Asturias. De esa manera, los lugares parecían menos desconocidos y más cercanos. Eran entrañables.

José Luis Ríos Gabás dijo...

Conozco el mapa del que hablas, ya que soy un poco mayor que tú, y también lo miraba y, a veces, soñaba, todavía hoy.

Una anécdota: cuando mi hijo era pequeño, 2º ó 3º de primaria, sabía, de manera sorprendente, muchas capitales del mundo, Honduras capital Tegucigalpa. Investigando, nos enteramos de que, cuando hablaba demasiado en clase, el profesor lo mandaba a un rincón para que reflexionara, el rincón en el que, clavado en la pared, estaba el mapa del mundo, y mi hijo reflexionaba, claro está, mirando el mapa. En fin, ahora tiene veintiseis años.

Un abrazo