domingo, 26 de octubre de 2014

Circunvalar tu ciudad para llegar a encontrarte






Las circunvalaciones modernas nos llevan de un lado a otro para no atravesar el núcleo urbano. Hay algunas que atraviesan cientos de quilómetros de páramos desiertos en los que podría ser posible grabar una película en la que imaginar que somos los únicos supervivientes de un planeta devastado: nuestro afán de llegar rápido nos hace cada vez más solitarios.

Yo he querido hoy circunvalar mi ciudad para llegar a lo más profundo de ella. Han sido horas de fatigosa marcha con la mochila a cuestas atravesando parques de nueva construcción aprovechando los desmontes de las nuevas carreteras, pasarelas sobre vías rápidas o tendidos del ferrocarril, urbanizaciones a medio construir como monumentos de la memoria de nuestra locura cuando éramos ricos, límites en los que confusamente se guardan las huellas de un entorno rural con casas molineras o pequeñas agrupaciones de viviendas antiguas en las que vivían los servidores del Canal. Me he sorprendido recordando una casa de adobe que antes tenía huerta y ahora se encuentra en ruinas acosada por el crecimiento industrial que dobló provisionalmente las rodillas junto a ella hasta el siguiente empujón de ilusoria prosperidad que terminará engulléndola. Los caminos que yo recordaba de tierra o pobremente asfaltados que nos llevaban al último merendero de la ciudad en la que pasábamos felices las tardes de los domingos se encuentran ahora urbanizados y no llevan a ningún sitio más que a unos edificios iguales a otros edificios.

Pasear los polígonos industriales un domingo nos presenta el reto de la soledad y la incógnita de la verdadera utilidad de todo esto. He visto cientos de naves cerradas que lucían en sus fachadas viejos carteles de alquiler o venta, decenas de enormes restaurantes que se abrieron para servir a los trabajadores de estos polígonos que anuncian menús ajados por el sol y la lluvia.

Pero mi meta era otra en esta circurvalación de la ciudad: hacia lo más profundo de mis recuerdos. Daba la vuelta para subir un cerro que veía desde la casa en donde trascurrió mi infancia, de la que ya no queda nada. Quería ver desde arriba si me encontraba abajo. No subí por la carretera que lo rodea y facilita la ascensión sino hacia arriba directamente, por su lado más empinado junto a La Cistérniga, arañándome el rostro y los brazos con las ramas bajas de los pinos y a punto de caer en varias ocasiones sobre latas de conservas oxidadas y arrojadas al azar sobre la ladera, algunas con huellas visibles de perdigones.

Cuando yo era niño, desde mi casa, el día de San Cristóbal, cada 10 de julio, veía los faros de los vehículos que subían a la cima del cerro para celebrar al santo católico patrón de los conductores. Los taxis, los autobuses urbanos y los camiones de reparto se adornaban con ramas de árboles. Al atardecer, los focos tenían el aspecto de una culebra luciente en movimiento.

He subido como meta final de mi mañana de domingo, fatigado de tanta fealdad como dejan las ciudades modernas en sus límites. Allá arriba tomé un café del termo, lentamente. En este día de calor inesperado en el que el veranillo del membrillo quería ser verano auténtico, el horizonte me llevaba hacia la meseta, más allá de los valles del Esgueva, del Pisuerga y del Duero que quedaban a mis pies. No hay abajo ya nada de lo que fui. No sé cómo expresarlo pero quizá me he dado cuenta de que, como nunca me había ocurrido antes, yo me acompañaba.

6 comentarios:

DORCA´S LIBRARY dijo...

Es en soledad, donde mejor te encuentras a tí mismo. Y si hay algo que se ha sabido crear en la obsesiva carrera del crecimiento, es la soledad.
Quitaron los árboles que estaban a la orilla de las carreteras, para, dijeron, evitar que los coches chocaran contra ellos. Fue el primer paso para hacer las carreteras más anchas y rápidas, sí, pero también, paradójicamente, mas desérticas.
En cuanto a los polígonos, dan miedo. Parecen cementerios metálicos.
Todavía quedan en algunos lugares pequeñas casas antiguas que antaño estuvieron rodeadas de verde y ahora les pasan los coches por los cuatro puntos cardinales. Se han convertido en islas, como tú dices, de resistencia. Pero es que si te fijas en las avenidas de casas nuevas que están a las afueras de la ciudad, te da esa misma sensación. La de frialdad y soledad. Son como colmenas donde dormitan las abejas que viven aisladas, para que nada les distraiga de su única misión en la vida, la de producir.
Uf, esta entrada tuya me está haciendo pensar demasiado.
Saludos.

Ele Bergón dijo...

Hay que reconocer que la ciudad en sus extrarradios es fea, al menos a mi me lo parece, como quizá nuestro interior que también tiene sus zonas de latas oxidadas. No es fácil llegar a estos lugares mas cuando lo alcanzas puedes comprender, comprenderte a ti mismo y eso te calma por dentro.

Hoy he oído en la radio a un locutor que decía algo así como. El día que nos conozcamos a nosotros mismos, no desearemos saludarnos.

Un abrazo

Luz

PENELOPE-GELU dijo...

Buenas noches, profesor Ojeda:

Nos hemos convertido en hormigas, obligadas a seguir el ritmo loco que nos imponen y que no conduce a nada.
Tenemos que pagar IVA hasta por respirar.
Mientras uno es joven y fuerte, puede permanecer en la cadena, como un esclavo más. Cuando las energías se reducen, a morir.
¡Y lo caro que cuesta un entierro!

Abrazos.

P.D.: Su texto precioso. En cuanto a lo que nos cuenta Luz de las palabras del locutor, allá cada uno.

José Luis Ríos Gabás dijo...

Donde yo vivo ocurre lo mismo que cuentas tú pero en un entorno más pequeño, 10.000 habitantes.
También parece que a tu edad, que yo ya pasé hace cinco años, se comienzan a acentuar estas sensaciones de nostalgia o de que, llanamente, tenemos más pasado que futuro, y también los frecuentes balances vitales.
El poder de los arquitectos, constructores, de los ayuntamientos y otros organismos es el de, dicho sin miramientos, hacer desaparecer los paisajes que nos han acompañado durante muchos años, que forman parte de nuestra manera de mirar y entender el mundo. Podemos, tú por tu parte, escribir sobre esto y transformarlo en literatura con mayúsculas, yo, hacer fotos, y reflexionar y sobreponernos, ambos y realmente todos, qué remedio. No creo que haya otra solución. Los románticos miraban con interés las ruinas, nosotros los polígonos vacíos y tantas carreteras en las que nadie para.

Un abrazo

poemas lichazul dijo...

siempre caminamos en círculos, el planeta es redondo, no tenemos mayor opción

bss
:D

dafd dijo...

Los límites de una ciudad son como la frontera de una erupción que se mueve. Unas veces avanzando, otras no. Si avanza parece rutilante, soberbia, si no, deteriorada (esos restaurantes con carteles ajados). Pero siempre causa deterioro en el entorno natural, avanzando, retrocediendo en pulsos como los de un ser vivo.