martes, 2 de septiembre de 2014

Los neveros de La Ceja


Al iniciar el descenso desde los neveros de La Ceja le pedí a Manolo que nos calláramos. Habíamos hablado durante todo el ascenso. De la vida, de literatura, de la montaña, de mujeres, de sentimientos, de experiencias que nos intercambiábamos. Como experto en montaña me cuidaba y medía mi resistencia. El ascenso había sido lento por mi culpa. Me había dejado las botas de montaña en casa. Desde la segunda plataforma solo se veía el primer trecho de la ruta pero la vista que quedaba a la espalda ya era hermosa: Peña Negra, Béjar abajo a la derecha como ciudad estrecha cosida a la ribera del Cuerpo de Hombre. La primera parada la hicimos a poco más de 2000 metros, en la fuente de El Travieso. Desde la Peña de El Travieso, a 2230 metros el mundo ya es chiquito y pierden importancia casi todas las cosas. Incluso Peña Negra, que casi me lesiona unos días antes la rodilla por mi imprudencia, parecía cada vez más una miniatura para llevar colgada al pecho. Al fondo, la Peña de Francia y entre la neblina las sierras de Portugal. La Dehesa a los pies y el camino a Candelario y Béjar y un poco más allá todo el valle del Ambroz y el pantano de Gabriel y Galán que junto al de Béjar, más próximo, espeja el cielo.

A 2320 metros, Manolo llenó su botella de agua de la fuente de la goterita. Un agua fría y sin sales que hay que beber con prudencia. Allí la vegetación comenzaba a cambiar y de vez en cuando alguna flor morada o amarilla rompía el mundo de los líquenes. En los humedales de las fuentes, un prado de hierba que el ganado de montaña sabe buscar. En el hito del Pepillo la subida se hace más ligera y al fondo se distingue ya con claridad el Calvitero. En la cuerda del Calvitero nos cruzamos con un montañero joven, con la piel curtida, que venía de pasar la noche en la sierra.

En el Calvitero, a 2405 metros, se encuentran los restos de un monumento a la Virgen del Castañar y un buzón de montaña. Manolo se entretuvo, con todo respeto, leyendo alguno de los mensajes de los montañeros. Uno de ellos de aficionados del Atlético de Madrid. Al fondo, se distinguían ya los neveros de La Ceja, nuestro destino. Pero antes, en un ligero descenso me esperaba la vista de las tres lagunas de El Trampal y Gredos al fondo, recortando el horizonte. Por allí pastaban libres las reses, pequeños grupos de vacas avileñas, cuyo pelaje y morfología nos lleva a tiempos remotos, como si guardaran un secreto de cuando el ser humano se acercó a ellas por vez primera. Hoy no íbamos al Torreón, así que el Paso del Diablo lo dejamos para otro día. Por muy apetecible que me pareciera su nombre, mi objetivo era documentar, para la novela que estoy escribiendo, aquellos neveros y el trabajo en ellos desde que se comenzara a explotar la nieve como industria. 

En los neveros de La Ceja, a 2425 metros, aún hay nieve este año. Helada y serena, dispuesta ya a ser cuna de las nevadas del próximo invierno. Después de tocarla y de que Manolo me explicara cómo uno de los párrafos de mi primer capítulo estaba equivocado por muy romántico que me pareciera a mí, nos detuvimos a almorzar. Manolo sacó de su mochila un trozo de buen hornazo y una bota de vino fresco. A la hora de servirnos un té moruno frío llegó un muchacho de Barcelona que no dijo que no a la bota pero rechazó el té. Venía de La Garganta, en donde tenía familia y disfrutaba de sus vacaciones para pasar las próximas fiestas. Manolo y él hablaron de su bajada citando uno a uno los nombres de los puntos del recorrido.

Recogimos. Uno de los deberes de todo montañero es dejar la montaña igual que como se la encontró y sin restos de su paso. Y fue en ese momento en el que le pedí a Manolo que nos calláramos. Se había parado el viento y todo estaba en silencio. De vez en cuando algún insecto pasaba cerca pero el mundo se había silenciado. El sol, entre nubes, no molestaba. Desde mi llegada a Cantagallo no había encendido la televisión ni había escuchado la radio y en el bar Los Arcos solo un par de veces eché un vistazo a las noticias de la provincia. Quince días en los que no había sabido nada del ruido exterior ni de los políticos corruptos que quieren identificar su imagen con la de un país entero, ni de aquellos que falsean los datos para que todo tenga un relumbrón de trampantojo, ni del inicio de la liga de fútbol en la que el deporte se ha convertido en un derroche de cifras. Todo mi mundo eran los vecinos de Cantagallo, la escritura, mis amigos, mis cincuenta minutos de carrera diaria por la sierra, tres recitales poéticos ofrecidos a la buena gente de esta tierra en pequeño pago por su hospitalidad. Desde La Ceja se apreciaba mejor todo aquello que yo había dejado atrás, un par de semanas antes. Vanidad humana que tanto daño hace a los que entran en su juego y crea tantas víctimas inocentes que terminan sufriendo las consecuencias.

Bajamos. En casi todo el descenso yo fui delante, deprisa, en busca de Encarnita, que nos recogería en la segunda plataforma con su coche. No con ganas de terminar el día sino de compartirlo junto a Manolo con todos aquellos que de verdad me esperaban.
















7 comentarios:

pancho dijo...

Sabemos que en tu novela nos dirás de lo que no hablas en esta magnífica entrada. La inspiración llega sin querer en esos parajes familiares a lo lejos, desde abajo. El montañero no supo decir que no, ahí arriba se agradecen los gestos compartidos de solidaridad.

PENELOPE-GELU dijo...

Buenas noches, profesor Ojeda:

Vaya maravillosas vacaciones, lejos del ruido y acompañado de buenos amigos. Y Manolo, el mejor guía posible para visitar esos lugares que tan bien conoce.
Precioso texto y fotografías.

Abrazos

José Luis Ríos Gabás dijo...

¿Una novela? ¡Qué bien!. He visto las fotos de Manolo y las otras y el cariño con el que hablas de él. Hornazo, vino, té frío ... silencio. En cierta manera la montaña, en general, resiste mejor que otros los intentos de convertir la realidad que hemos leído o visto en una falsificación. Es difícil domesticar la naturaleza en ese sentido, aunque no tanto "consumir" naturaleza en lugar de disfrutarla y respetarla.
No suelo recomendar libros, conozco mejor discos de música, pero me atrevo a hacerlo con uno, que sí he leído. Supongo que en inglés en el original, aunque aquí traducido:

http://librosyviajes.blogspot.com.es/2008/04/naturaleza-virgen.html

Un abrazo

Abejita de la Vega dijo...

¡Qué paz ahí arriba!
La música callada.
¡Que envidia me dais!

fiorella dijo...

Esas alturas desconocidas para mí que vivo en un paisito llano y donde su altura máxima no llega a 800 metros, las disfruto leyendo tu post. Callarse y dejar que el paisaje se nos adentre, lo mejor. Un beso

São dijo...

Querido amigo, bienvenido!

Essas alturas , a pé , com o meu peso , a minha idade e o pavor a abismos, são prazeres a que não tenho direito.

No entanto, comungo essa sensação de paz e afastamento de tudo quanto é , afinal, futilidade e pouco mais, quando estamos em sítios assim( estou a lembrar-me dos lagos dos Picos da Europa e do Pico , Açores).

A série de fotos é belissima e capta bem a montanha. Achei bonito teres visto o meu país, ainda que ao longe.

Um abraço grande, Pedro, e que estes ano lectivo seja como tu o desejas :)

dafd dijo...

Bonita excursión.
Sí, merece la pena quedarse en silencio escuchando.