viernes, 5 de septiembre de 2014

En la Sierra de Béjar


Mayca se descalzó y refrescó sus pies en el riachuelo de montaña junto al que habíamos comido. El agua estaba fría y alegre. Unos metros más arriba, habíamos puesto a refrescar una sandía viajera que aún tardaríamos un día en comernos. Nos acompañaba desde que el día anterior la habíamos comprado en Béjar pero en Hervás había melón ya cortado en porciones y guardó sus secretos en el coche tres días, hasta que dimos cuenta de ella en las piscinas naturales de Casas del Monte gracias al sabio hacer de Encarnita.

Había pedido a Manolo que me buscara pozos de nieve de sierra para documentarlos. Hasta ese momento yo los había visto urbanos, convertidos en silos desde que se hundiera la industria para la que fueron construidos por la aparición de las primera fábricas de hielo y quería ver los que se habían situado en la sierra misma, para recoger en ellos la nieve caída en el entorno.

Cuando salimos de Puerto de Béjar por la calleja de San Antón me sobrevino el mismo pensamiento que tengo siempre al pisar la Sierra de Béjar: la hermosura y el misterio de este paisaje, tan diferente al mío. Yo soy de tierra de horizontes amplios, extensas planicies de cereal sin nada que cierre la mirada. Hay que saber mirar muy adentro para apreciar en agosto la belleza de un atardecer en Tierra de Campos. ¡Qué ancho es el horizonte allí! En mi tierra solo el corazón te retiene, porque todo está hecho para caminar hacia adelante.

En la Sierra de Béjar siempre he sido feliz. Cuenta, además, con otra ventaja. En diez minutos andando puedes estar fuera del ruido urbano. Quizá los que lo tienen tan cerca no sean conscientes de este regalo cotidiano. Andar hacia arriba por la calleja de San Antón es también andar hacia dentro de la sierra, buscando la sombra en ese día de agosto e incluso hacia el interior del tiempo. Un paisaje ancestral, apenas alterado por el ser humano en los últimos siglos. Algo diferente a lo que vimos a mediodía cerca de La Garganta, en el Corral de los lobos, en donde se percibe claramente la huella de la civilización incluso en los pinos de repoblación. De hecho, por aquella calleja de San Antón fue a buscar José Luis Cuerda en 1986 la localización para algunos planos de su película El bosque animado cuando comprobó que los lugares gallegos de la Fraga de Cecebre en los que ambientó su obra Wenceslao Fernández Flórez ya no conservaban su estado primitivo.

Comimos sobre una peña en La Dehesa de Candelario: empanada, tortilla de patata jugosa, queso. Compartido todo a navaja y regado con el vino de la bota de Manolo y un buen té moruno frío para terminar. Y luego nos fuimos a pasar las horas muertas junto al riachuelo que bajaba revoltoso por entre las piedras, pero lejos de su ruidoso caer del invierno y la primavera. No mataba la conversación aquel rumor del agua sino que la alimentaba, como en un locus amoenus. En realidad, qué poco se necesita para sentirse bien y cuánto nos complicamos persiguiendo quimeras.








 La foto de arriba es de Manuel Casadiego.


Esta última foto también es de Manuel Casadiego.

3 comentarios:

virgi dijo...

La felicidad hay que atraparla justo en momentos así.
Y es lo que me llega al verlos.
Me alegro, un abrazo.

dafd dijo...

Buf. Qué hermosas fotos. Y qué felicidad, colorear los días de paisajes y momentos para recordar.

José Luis Ríos Gabás dijo...

He estado y te he leído.

Un abrazo