martes, 17 de junio de 2014

Dónde estabas el día del fin del mundo, de Luis Ángel Lobato


Conocí a Luis Ángel Lobato (Medina de Rioseco, Valladolid, 1958) en los años ochenta en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, entonces en el edificio noble de esta Universidad. Él cursaba Filología Hispánica en una promoción anterior a la mía. Nos sirvió de enganche Ramiro F. Mayo. Durante un tiempo frecuentamos los mismos ambientes y con otros compañeros de estudios establecimos una tertulia literaria en algunos bares que hoy no pasarían una inspección sanitaria y llegamos a editar una revista literaria, Almueza. En aquel grupo también estaba Antonio Candau, recientemente fallecido en los Estados Unidos, en donde era profesor. Cuando terminamos la carrera perdimos el contacto físico aunque conservo alguna de las cartas que nos intercambiamos. Retomamos la amistad hace unos años, gracias a Diego Fernández Magdaleno, riosecano como él. Desde aquellos tiempos en los que lo conocí ha tenido clara su voz poética, que hace abstracción de lo vivido y que es a la vez -por eso mismo- íntimo y universal, una voz que trasforma en poesía casi de forma angustiosa el mundo, quizá para trazar un camino por el que atravesarlo, un mapa para comprenderlo o, al menos, tolerarlo. En 1992 publicó Galería de la fiebre, poemario al que siguieron Pabellones de invierno (1997), Regreso al tiempo (2003) y un extraordinario Lámparas (2010). En todos ellos el individuo se enfrenta a la soledad, a los efectos del desamor y a un mundo urbano en el que se muestra desorientado en busca de un hilo de sensaciones que lo hagan seguir adelante.

Publica ahora Dónde estabas el día del fin del mundo (Palencia, Cálamo, 2014), extraordinario título que me hubiera gustado poder robarle. Los veinticuatro poemas que componen el libro cuentan la historia del desamor que acompaña una biografía entera en medio de un paisaje invernal, un mundo devastado. No en vano una de las citas iniciales del volumen remite a La carretera de Cormac McCarthy, un libro cuya lectura le ha impactado al poeta tanto como para convertirse en una referencia implícita de un paisaje por el que se atraviesa tras una catástrofe que ha dejado al individuo en un tránsito continuo con pocos referentes a los que agarrarse salvo la memoria.

La primera mitad del poemario nace de experiencias vividas en un pasado al que se hace referencia explícita en lugares y años. Son retales de una vivencia que acompañan el presente de una manera que impacta al lector al dejarlo asistir a la objetivación presente de un recuerdo que ha atravesado el tiempo de forma dolorosa pero necesaria para la materia poética, de una memoria que viene a través del sueño para golpear al poeta en su presente: 

Anoche tuve el mismo sueño:
tú y yo nos besábamos
durante el nevado amanecer
del 6 de enero de 1984.

La forma de los poemas acompaña a los retazos traídos de forma tan convulsa al presente. En los versos reconocemos estructuras métricas pero combinadas de forma aparentemente anárquica para conseguir ese efecto de desasosiego que domina la mente del yo poético, como las referencias son a paisajes interiores, calles invernales y lugares en los que encontrar algo del calor necesario: 

Algo habita
en este bar cobrizo
con combustión de queroseno.

El recuerdo de lugares y fechas concretos se convierte en reflexión más interior en la segunda parte del poemario. Reflexión marcada también por la misma angustia que libera y estrangula y que permite caminar a pesar de la soledad y el recuerdo:

Pero a esta misma hora
te necesito. Contraigo
el síndrome
al borde de la carretera,
entre los ángulos inertes
de este crepúsculo fracturado.

Aún así el poeta se agarra a ese sentimiento amoroso porque es lo único que en verdad le conforma y le da razón de existencia, tal como se cierra en el último poema del libro con una serie de interrogaciones demoledoras:

¿Qué quedará de nosotros
cuando el amor se haya ido?
(...)
¿Qué será
de nuestra muerte cuando el amor
se haya ido?
¿Qué ensueños cultivaré
sobre los tejados azules
de la infancia?

Luis Ángel Lobato ha expresado en alta poesía ese sentimiento de desolación que se sufre cuando el desamor se ceba en nosotros y es el más fiel compañero de nuestra existencia.


Tomé la foto el pasado sábado día 14 de junio en la presentación del poemario 
en la librería A pie de página. De izquierda a derecha: 
Jesús Capa (que presentó el libro), Luis Ángel Lobato y Enrique Señorans (que sirvió de anfitrión).

6 comentarios:

elisa lichazul dijo...

los poemas de desamor son siempre lumbre en las insomnes noches de invierno, quizá el recuerdo distraiga de tanto frío alrededor...

bss

Rita dijo...

Precioso descubrimiento el que nos traes hoy. El título me encanta, a mi también me hubiese gustado robarlo. La carretera de McCarthy la leí hace ahora dos veranos y son de esos libros que se quedan tan grabados que jamás los olvidas.


Besos.

Joselu dijo...

No hay nada más hermoso que la buena poesía, y estos poemas que he leído en tu selección dejan un buen sabor de boca. No soy un gran lector de poesía, la leo en pequeñas dosis, pero aprecio un buen poema y estos lo son.

José Luis Ríos Gabás dijo...

Gracias, Pedro, por la entrada (iba a decir el post, pero creo que no), ese mundo de la expresión y creación me interesa.

Un abrazo.

impersonem dijo...

Me ha parecido muy entrañable... el recuerdo de ese tiempo universitario... el reencuentro... la muestra bibliográfica con muy buenos títulos... la reseña sobre la obra... el fluir del sentimiento en los versos...

Sí, muy entrañable.

Abrazo.

PENELOPE-GELU dijo...

Buenas noches, profesor Ojeda:

Estupendo reencuentro.
Buena selección de poemas los que nos presenta, de su amigo de juventud, Luis Ángel Lobato.
Habrá que buscar y leer alguno más de sus escritos.

Saludos.