martes, 28 de enero de 2014

La gran belleza, de Paolo Sorrentino


La gran belleza, de Paolo Sorrentino, es una obra maestra. Pocas veces puede uno salir de la sala de cine tan convencido de lo que acaba de ver. Una obra maestra, además, oportuna, aunque no gustará a todos. Oportuna porque acierta con su demoledora presentación de un mundo superficial y banal alejado de toda preocupación que no sea esa misma superficialidad vital a la espera de la muerte; oportuna porque su ritmo, su estructura narrativa y su propuesta está tan alejada de la mayoría del cine que se hace ahora que de vez en cuando conviene una sacudida para darse cuenta de que no todo puede ser tan previsible en una película como en la mayoría de las que se proyectan en las salas comerciales. Ni tan dependiente de los efectos especiales.

Sorrentino no esconde en esta película que parte de la propuesta de La dolce vita de Federico Fellini (1960), todo lo contrario. Y este juego de reverencia y superación, de espejo y actualización, de admiración por el maestro y el guiño cómplice de quien se sabe capaz de llevarlo un paso más allá es una de las mejores cosas de la película porque viene a cerrar un ciclo: lo que abría Fellini en 1960 lo cierra Sorrentino en 2013. Era necesaria esta revisión porque concluye una época. También es necesaria la advertencia para aquellos que se sientan interesados por esta película.

En efecto, el protagonista de La gran belleza, Jep Gambardella (admirablemente interpretado por Toni Servillo en un trabajo que pasará a la historia del cine), viene a ser el trasunto viejo y escéptico de Marcello, el joven reportero inolvidablemente interpretado por Marcello Mastroianni en La dolce vita. Pero a sus 65 años recién cumplidos, Jep ya no tiene excusa para sí mismo ni la vida superficial en la que vive, salvo una: el recuerdo del único momento en el que fue de verdad feliz cuando era joven, la nostalgia de un sentimiento que nunca ha podido volver a vivir. De hecho, el alejamiento progresivo de aquel sentimiento es lo que le ha impedido escribir su segunda novela tras el prometedor éxito de la primera puesto que nunca más ha podido encontrar esa aspiración a la gran belleza que persigue como escritor.

Jep Gambardella se gana la vida como periodista y es conocido en todas las fiestas y lugares de moda de Roma. Esta es la justificación -como lo era en Fellini- para el recorrido por Roma que traza la película. De hecho, estos personajes superficiales y que solo parecen aguardar la muerte de forma divertida y sin mayores complicaciones sirven como contrapeso a Roma, tratada como ciudad eterna, hermosa hasta en su degradación. Es toda una metáfora que la gran terraza del piso de Gambardella -en la que se baila a Rafaella Carrà o se hace la mejor conga de todas las fiestas romanas- tenga vistas al Coliseo. La película comienza, significativamente con la muerte de un turista chino víctima de un golpe de calor en un momento en el que Sorrentino juega con la sublime interpretación de un coro. Roma estaba ya antes, está ahora y seguirá estando con posterioridad a todos ellos: como pervivirá el acueducto a la artista conceptual que en su actuación estrella la cabeza contra él. Otro ejemplo son los condes que viven en los sotanos del que fue su palacio y que se alquilan para asistir a las fiestas de sociedad. Ninguna institución queda fuera de esa mirada escépticamente crítica, ni la Iglesia católica (el personaje del cardenal es tan superficial como cualquiera de los asistentes a las fiestas y contrasta brutalmente con la forma en la que trata Sorrentino a la monja con fama de santidad y la escena de los flamencos rosas y la escalera), ni la prensa, ni la política, ni el arte (uno de los momentos más divertidos de la película es la entrevista que Jep realiza a la artista conceptual del cabezazo). Es un mundo que vive sobre la hipocresía, la impostura y la nada, lo que se marca con el movimiento y las posiciones de la cámara, que suelen trasmitir la belleza a la que se aspira en el título pero sin calor humano porque los seres humanos que pueblan esos espacios no están a la altura. Por otra parte, Jep ha vivido lo suficiente para conocer que todo ya se había inventado, que todo ya había ocurrido antes y que el fondo de la sociedad en la que vive es tan vacío y sin compromiso real que ha optado por dejar pasar el tiempo. Salvo su relación con la criada sudamericana, todo en la vida del protagonista consiste en la nada absoluta, incluso el funeral del hijo de una amiga en el que despliega todas sus dotes sociales para no pasar desapercibido. Hasta un momento.

Ese momento ocurre cuando tiene conocimiento de la muerte de una mujer a la que amó de joven y trata al hombre que se casó con ella. Este cambio se visualiza también cuando Jep sale de Roma para escribir un reportaje sobre el Costa Concordia, que pemanece varado en donde se accidentó. Es una secuencia que puede pasar desapercibida, pero el casco del crucero tumbado es todo un símbolo también de la superficialidad de un tiempo. También cuando uno de sus amigos -cuyo nombre, Romano, es significativo-, decide abandonar la ciudad y encontrar una vida más natural en su pueblo. Quizá, se dice Jep a sí mismo, es tiempo de volver a escribir una novela. La Santa, además, le da una de las claves para recuperar el camino de la gran belleza: las raíces. El final es abierto, no sabemos si Jep podrá superar la superficialidad y el escepticismo en el que vive o quedará atrapado por él.

Mientras tanto, como en la secuencia sobre la que se proyectan los títulos de crédito (no tengan prisa en salir del cine y quédense también para deleitarse con la última parte de una magnífica banda sonora), Roma y el Tíber permanecen.


12 comentarios:

elisa lichazul dijo...

bien por tu reseña y crítica de cine Pedro
besos

Lourdes García dijo...

Vi esta película en Arezzo y me quedé con esa sensación de la que hablas, convencida de que acababa de ver una obra maestra. Aunque me hubiera gustado poder verla otra vez, ya sabiendo lo que me esperaba, para disfrutarla mejor. Tu reseña me ha hecho recordarla y pararme a pensar en detalles en los que no había caído. ¡Saludos!

Myriam dijo...

Maravillosa reseña, la veré. Hay pocas obras maestras en el cine actual, lamentablemente, así que cuando llegan no pueden dejar de disfrutarse.

Besos

mojadopapel dijo...

Qué ganas me han entrado de verla!.

Paco Cuesta dijo...

A partir de esta reseña lo obligado es disfrutarla. No hay escapatoria.
Gracias, un abrazo

pancho dijo...

Soberbia reseña y brillante crítica a la película.

São dijo...

Como sempre, fazes uma recensão brilhante que, sei, me será muito útil se o filme chegar a Portugal!

Muchissimas gracias, querido Pedro

Estrella dijo...

Qué reseña más buena. Da muchas ganas de ir a verla. ¡Y qué precios tiene el cine! :-(

José Núñez de Cela dijo...

Coincidimos, je je.
Excelente tu reseña.

Ele Bergón dijo...

Me prometí la semana pasada el ir a verla al leer la reseña de José Núñez, pero después acabé en el pueblo. De esta semana no pasa.

Un abrazo

Luz

José Luis Ríos Gabás dijo...

Tal como hablas de ella, iré (iremos, realmente) a verla.

Un abrazo

Merche Pallarés dijo...

Pues yo me fuí de la sala antes de que acabara... Sin embargo en su época vi "La dolce vita" que me encantó. Pero ahora estando de vuelta de tantas cosas, hay temas (como el que trata esta pelicula) que me resbalan y, sinceramente, me deprimen. No soporto ese mundo superficial y vacio. Lo he experimentado en mi ajetreada vida. Besotes, M.