sábado, 9 de noviembre de 2013

Los invisibles


Lo peor que le puede suceder a un ser humano es que no lo vean aquellos que no están en su misma situación. O que solo se acerquen a él para un safari fotográfico. No hay expresión más humillante que la de la pobreza digna, que se decía antes y que no tardaremos en volver a usar: pobre pero honrado, la limpieza de las casas pobres. Son expresiones que proponían como modelos a los pobres sumisos y personas de bien en toda la literatura y que se oponían a la algarabía de los revolucionarios. El pobre honrado era un modelo cívico mucho mejor que el burgués rico pero inmoral según las comedias de nuestro teatro del siglo XIX que pronto fueron imitadas por el cine popular. Y el burgués rico pero inmoral terminaba diciendo que sí, que el pobre era el ejemplo y se arrepentía y volvía a ser un hombre de bien como lo era aquel pobre honrado. Los catecismos cívicos mostraban a la mujer pobre el comportamiento que debía tener en casa y la sonrisa que debía exhibir siempre en su cara. La felicidad de los pobres, siempre se ha dicho: el dinero no da la felicidad. Será por eso que los ricos siempre están amargados y se muestran infelices. En una sutil ironía, Luis Buñuel hacía que los niños que asistían a la escuela rural en Las Hurdes. Tierra sin pan, escribieran al dictado del maestro Respetad lo bienes ajenos. Aquellos niños no tenían nada, varios acudían a clase descalzos, pero la educación les enseñaba que había que respetar los bienes que nunca serían suyos por mucho que se esforzaran en la vida. La estructura social que construye el neolilberalismo actual se parece a un sistema de castas porque hace de aquellos desfavorecidos una legión de invisibles que ni siquiera sirven ya a las élites extractivas. Si tienes la fortuna de nacer en las familias de clases dirigentes difícilmente te mezclarás con los invisibles porque no los verás o solo percibirás su presencia como molestia. Las señoras de postín tenían sus mercadillos o ponían un pobre en su mesa en Navidad porque era moda, siempre que el pobre no molestara, como en Plácido de Berlanga. En Metrópolis, de Fritz Lang así son presentados los invisibles en medio del paraíso incontaminado de la casta dirigente: como irrupción intranquilizadora.

A los invisibles solo los ven los invisibles o aquellos que están muy próximos a ellos porque les separa poca distancia y los temen o porque pueden caer y ser uno de ellos. También algunos individuos caritativos y otros que los usan como fuerza de choque ideológica. Pero para el resto de la población son invisibles: no pensamos en ellos y cuando pasamos junto a ellos los ignoramos. No vemos los cartones apilados en las esquinas o en los bancos de los parques con los que van a dormir esta noche; no los vemos hurgar en los contenedores de basura; no pasamos por los barrios en los que viven; no queremos saber nada de sus problemas salvo que nos afecten porque han decidido amotinarse.

De niño yo llevé también una hucha en el día del Dómund con la cara de un niño negro pero África era algo que estaba muy lejos. Ahora África salta las verjas erizadas de cuchillas que han puesto las autoridades españolas y vive en los barrios de mi ciudad. Pero no queremos verlo salvo que hable muy alto o juegue al baloncesto en la cancha del barrio y nos parezca que han echado de ellas a nuestros hijos. Antes nuestros pobres eran reconocibles: pobres de pedir. Recuerdo que a mi casa venía todos los meses un pobre con carnet de pobre expedido por el Ayuntamiento. Mi familia era humilde, pero no pobre: mi madre podía darle unas monedas o algo de comida. Ahora nuestros pobres se han vuelto invisibles: no queremos verlos, no están, no hablamos de ellos. Las escuelas de psicología barata insisten en que te ocupes de ti mismo y no quieras salvar al mundo. La solidaridad no debería confundirse nunca con la limosna. Echar una mano en el banco de alimentos te hace sentir útil pero no es justicia social. Por algo se empieza, en efecto, pero alguien debería dar dos pasos más allá.

La sociedad a la que vamos invisibiliza a aquellos que no tengan fortuna. No nos gusta hablar de esta realidad, no queremos que ocupe tiempo en los telediarios y preferimos convertirlo en un género televisivo de reportajes callejeros que los trasforma en tipos costumbristas y los despoja de su condición de individuos; no queremos que nadie nos recuerde que no vemos a esta gente porque queremos ser felices. Y su número será muy amplio. No es una hipótesis: en ese lugar ya se encuentran los países que nos han impuesto el modelo que tan fácilmente hemos comprado porque pensamos que siempre seríamos de aquellos seres humanos que tendrán de todo.

Pero aprende una ley básica de este modelo: si caes, serás invisible; si pierdes tu fortuna, serás invisible; si enfermas y debes hipotecarte para pagar las medicinas, serás invisible; si no consigues ser emprendedor y debes trabajar por cuenta ajena con salarios cada vez más bajos y sin convenios laborales que te amparen, serás invisible. Ocurrirá que te echarán la culpa: te dirán que eres responsable de tu situación a pesar de que trabajes y no llegues a fin de mes, de que no puedas pagar las facturas con tu salario, de que no tengas un seguro médico que complemente eficazmente una precaria sanidad pública, de que tus hijos no puedan aspirar a una educación que les saque de la invisibilidad. Porque los pobres de pedir no son invisibles: llaman a la puerta de tu casa para pedir comida, se agolpan en las puertas de las iglesias. Pero tú sí serás invisible. Y entonces te preguntarás cuándo alguien decretó que esta sociedad se basa en que un tanto por ciento de la población mundial o de tu país o de tu ciudad o de tu barrio sea invisible y deba sentirse culpable por ello porque el resto ha decidido que no es responsable de nada mientras pueda seguir lejos del margen. Porque aquí parece que sólo deben asumir su responsabilidad individual los invisibles.

16 comentarios:

Camino a Gaia dijo...

Nos están vendiendo el final de una crisis, cuando en realidad asistimos al proceso de silenciado de quienes caen en la exclusión social.
Asistimos a la beatificación de quienes sacrifican la dignidad de toda la ciudadanía para que sufrague los privilegios de una minoría que criminaliza a sus víctimas valiéndose del control sobre los medios de comunicación. Usan el miedo para conseguir una complicidad que nos desprovee de autoridad moral para exigir justicia social, cuando finalmente nos alcanza el agua del naufragio.
Un saludo

Sill Scaroni dijo...

Al fin de todo, el mundo será de los invisibles.
Maravilloso texto y la foto muy buena.
Saludos.

ibso dijo...

¿Somos invisible, Pedro?¿Lo soy yo, lo eres tú?
Los invisibles, los sin voz, los olvidados, los excluidos sociales..., calificativos que distancian, que diferencian, que marginan, que MATAN al ser humano, al igual, al hermano, al legítimo.
¿Por qué? Porque unos pocos decidieron que fuera así y muchos lo aceptaron por miedo a ser uno de ellos.
Suscribo cada uno de tus palabras como no podía ser de otra forma pero, este discurso es demasiado viejo y la falta de acción nos condena a todos, yo el primero.

Antón de Muros dijo...

La invisibilidad acecha en el nuevo siglo.

Un abrazo, Pedro.

Antón.

Natàlia Tàrraco dijo...

He visto a muchos invisibles en las calles, en mi barrio, en escritos, que tienen la fuerza de hacerse visibles.
Una imagen movida no invisible, parece que se mueve.
Besito.

Tesa dijo...

Es el miedo lo que produce ceguera, por la posibilidad "de contagio", por la ruptura del equilibrio... porque vamos cayendo todos, tarde o temprano, unos detrás de otros como esas fichas de dominó.Y duele pensar que somos la próxima ficha y es más fácil no mirar las que han ido cayendo delante.
Y también son ciegos los otros, los que "no va con ellos", los que se salvarán incluso en mejor posición que antes... los carroñeros...

mojadopapel dijo...

No nos equivoquemos, invisibles somos todos, los pobres de pedir y los que lo consentimos...vivir en una sociedad injusta que no lucha por sus derechos nos hace invisibles igualmente.

Edurne dijo...

A mí tus palabras me dejan sin las mías, porque todo eso que nos bulle por dentro lo has hecho salir con este texto.

Reflexión.

Invisibles.
Pobres de pedir.
Las huchas del Dómund...
Tantas cosas!

Comparto todas y cada una de tus palabras, de tus reflexiones y de tus inquietudes e indignaciones.

Besos.

elisa lichazul dijo...

solo somos estadísticas Pedro, la realidad siempre ha sido así, los que gozan de privilegios y poder se solazan entre ellos y el resto solo somos peones en su ajedrez

seguimos siendo ratas en el laboratorio , respondiendo al Condicionamiento

besitos

Abejita de la Vega dijo...

Aquellas huchas del Domund, un chinito o un negrito con ranura, eran para unos pobres que estaban muy lejos y se cumplía con muy poco, qué caridad más cómoda. Ahora no son de porcelana, ni de plástico, ni de cartón, ay.

¿De verdad no se puede hacer nada?

José Luis Ríos Gabás dijo...

Muchos estamos de acuerdo en que hay que hacer algo, pero, ¿dónde están los canales para hacerlo?. A nivel individual muchos conseguimos, más o menos, llevar una vida digna, pero los que vienen detrás, que todavía son visibles porque son jóvenes, no tienen un futuro mínimamente digno, si no pertenecen a las casta superior o dominante.

Un abrazo

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Hola a todos y gracias por vuestras palabras. Repasando el texto la intervención de MOJADOPAPEL y de IBSO quiero matizar algo mis palabras. No he querido explciar una fractura entre los "pobres de siempre" y los de ahora, en absoluto. Todos, en realidad, son invisibles para los cánones de esta nueva sociedad que se nos echa encima aunque con un discurso muy viejo, como bien señala IBSO. Pero el que se echa a la calle a pedir, molesta. No hay nada más que repasar los reglamentos que se están aprobando en nuestras ciudades para evitarlos. Crece el número de invisibles que no se echarán a la calle a pedir pero que tienen un presente muy oscuro y un futuro incierto.

MIMOSA dijo...

Hay tanta frivolidad que hiere.
Estamos viviendo la época de "sálvese quien pueda" y para ello lo mejor es no mirar hacia los lados, ni siquiera de frente, sólo nuestros pies haciendo equilibrios por no caer a ese inframundo de los invisibles como tú los llamas.
Y entonces, ¿no somos igual de invisibles también?
¿Cuándo despertar de este adormecimiento y reaccionar?
¿A qué hay que esperar?
Me reitero en mi comentario de la entrada anterior. No basta con ver, observar y contar, hay que actuar, desde la posición que cada uno ocupa, hacer despertar y estar presente, con conciencia.

Un abrazo, Pedro



Esther dijo...

Estoy totalmente de acuerdo con usted, Sr. Ojeda, la pobreza nunca podrá ser digna, y admitir lo contrario, no es solamente una manera de manipular a los pobres para mantenerlos sumisos, sino que además expresiones como esta, “pobreza digna,” pretenden dar un halo de legitimación a condiciones de vida precarias, apoyándose en una dignidad que es aplicable, por supuesto, a cualquier ser humano, incluidos, faltaría más, los pobres. Además, como usted muy bien apunta, es una manera muy sutil de afirmar, y con ello hacernos creer, que la pobreza no solamente pueda ser conveniente sino que pueda ser hasta razonable. Claro que expresiones así son típicamente defendidas por aquellos que defienden “la dignidad de la riqueza”. Yo no estoy de acuerdo con que este tipo de discursos sean viejos, y si lo son, desde luego entonces, o los tenemos olvidados o no los llegamos a asimilar nunca, porque cómo se explica entonces, que hayamos llegado hasta aquí? Si no empezamos a ir más allá de la indignación y concienciarnos activamente de lo que nos está pasando, si no nos tomamos el tiempo de desmenuzar, entender y discutir, de hablar seriamente cómo funciona este injusto “Estado de Derecho” en el que vivimos, cómo pretendemos, sino, cambiarlo de una manera pacífica? Gracias por sus reflexiones.

Asun dijo...

En mi barrio cada vez son más los invisibles que vagan por las calles con un carrito de la compra y un palo largo con un gancho en el extremo para poder hurgar en los contenedores, y no son solo gentes venidas de otros países, también los hay de aquí, y no nos damos cuenta de que cualquier día cualquiera de nosotros podría verse en esa situación.

Hace unos días leí la noticia de que un colegio concertado, por el hecho de ser concertado se veía obligado a acoger en uno de sus pabellones a unos 500 niños de un colegio público, ya que este debía ser desalojado por riesgo de derrumbe.
Bien, pues la dirección del centro concertado está tratando a estos niños como si fueran de segunda clase, puesto que ha mandado una circular a los padres de sus alumnos tranquilizándoles de que en ningún momento sus hijos van a compartir de forma simultánea ningún espacio con los de la pública, que tendrán distintos horarios de entrada y salida, y los horarios de patio serán también diferentes.

Si estamos educando así a los niños, no es de extrañar que los invisibles continúen siéndolo.

Un beso, Pedro

Myriam dijo...

Se me encoje el corazón...

Un abrazo bien fuerte.