domingo, 24 de marzo de 2013

La felicidad como método de control social

No hay nada más fácilmente controlable que un individuo y una sociedad que quiere ser feliz. Es inútil la disquisición terminológica: la mayoría de la gente asociará siempre la felicidad con la posesión de cosas y la posibilidad de desarrollar una vida de éxito, ocio y satisfacciones hedonistas, sin importarle nunca los efectos que provoca alcanzar este tipo de vida tanto para el resto de la humanidad como para el planeta. Incluso cuando el bienestar conseguido se viene abajo, aquellos que retroceden en la escala de la felicidad conservan durante mucho tiempo la memoria del bien tenido y no reclaman más que volverlo a disfrutar de la misma manera: su revolución no consistirá en la justicia social sino en alcanzar su parte del pastel de la felicidad aunque para ello tenga que aumentar su egoísmo. Especialmente si perciben, tras años de ceguera, que hay una capa de la sociedad que no se ha visto afectada por el retroceso como ellos. No olvidemos que durante muchos años la clase media occidental ha tenido la ilusión de vivir como ricos sin serlo de verdad. La mejor de las revoluciones posibles contra un sistema como el actual es apartarse voluntariamente del concepto general de felicidad. Pero eso nunca lo hará la mayoría de una población.

En el pasado, la felicidad de las capas dirigentes de la sociedad se ha basado en el control y en la explotación de la mayoría de la población. Los grandes hombres de la antigüedad podían ser felices porque sus sociedades esclavizaban a otros seres humanos; el éxito de difusión de algunas religiones o corrientes espirituales o de algunas ideologías políticas incluidos los nacionalismos, tanto en occidente como en oriente, en el pasado y en el presente, ha consistido en calmar el dolor de los esclavizados o de los marginados, prometiéndoles una justicia divina dado que la humana era imposible o una felicidad tras la muerte o en la anulación de los deseos que causa la conciencia de la desigualdad (es decir, una felicidad basada en la renuncia a ser felices, algo que se comprende en el sillón de un psiquiatra para tratar a un enfermo de ansiedad pero nunca se ha demostrado como solución para una sociedad); la cristianísima monarquía española traficaba sin pudor alguno con esclavos, lo mismo que la británica; los refinados hombres de negocio de Londres o de las finanzas de Wall Street trafican con el dolor humano para conseguir la felicidad de otros seres humanos. El neocapitalismo saqueó sin piedad continentes enteros para que una pequeña parte de la población mundial fuera feliz. En las últimas décadas, los movimientos migratorios masivos y las guerras regionales han marcado a fuego las cicatrices que han provocado los países occidentales en pos de su felicidad.

El sistema tiene un problema: para que las sociedades próximas a su origen soporten la intensidad de la tragedia, debe ampliar en progesión histórica la capa de población interna a la que se promete el bien de la felicidad. Y esta ampliación supone un mayor nivel de depredación fuera. Un coste cada vez más caro para otras poblaciones -a las que se promete también felicidad a partir de la civilización- y para el planeta -los recursos son limitados-. Solo otorgando acceso a la felicidad como trampantojo se consigue adormecer la conciencia que tiene, también, sutiles formas de ser acallada: la limosna a la puerta de la iglesia (pero hay que ver al mendigo, que nos alarga la mano) o apadrinar un niño del tercer mundo (limosna tan aséptica que se hace a través de la cuenta de una entidad financiera que suele tener acciones de las empresas que expolian los mismos lugares en los que vive ese niño).

Si se promete la felicidad -física o espiritual, presente o futura- a una sociedad y se le fabrican espejismos de ella, podemos conducirla ciégamente a cualquier lugar. Incluso al despeñadero si nadie controla que la fiesta puede acabarse. Antiguamente estos despeñaderos solían terminar en un conflicto bélico -y el siglo XX estuvo plagado de ellos, casi como su seña de identidad prioritaria-, hoy ese no parece el camino porque quienes fabrican la enfermedad de la felicidad no radican sus beneficios en un solo país y hacen cuentas en un mundo globalizado.

Cuando el sistema colapsa por una crisis como la actual, la cosa es más grave. Es una buena parte de la población interna la que se ve arrojada del bienestar y despierta del sueño, descubriendo la falsedad de la felicidad prometida, que no era más que la rueda que se pone al hámster en su jaula para que todo funcione sin sobresaltos. Pero hasta que aparece esa crisis, casi todos han vivido en ese espejismo de felicidad que permite acallar las conciencias ante las desigualdades, rebajar el nivel de conflictividad social, aumentar el consumismo y hacer partícipes silenciosos a esos ciudadanos felices de la depredación cometida en otros territorios.

Sin embargo, todo esto es finito. Un mundo globalizado en bien de las finanzas y del comercio especulador y consumista tiene más años de éxito que la explotación de una mina a cielo abierto, pero también cuenta con un límite. Durante un tiempo todo funciona porque los países que fabricaron el sistema, con sus crisis periódicas incluidas por la entrada de otros competidores en el afán de la felicidad, consiguen facilitarla a la mayoría de su población. Para ello, reciben cientos de miles de inmigrantes procedentes de otros países que han visto esa felicidad por la televisión o por internet y acuden buscándola independientemente de que sean recibidos con los brazos abiertos o con hostilidad por aquellos que parecen ser los propietarios de las claves para ser felices. Pero cuando el sistema colapsa, aquellos que veían mal que otros vinieran a sus barrios terminan emigrando a los nuevos paraísos y les cuesta reconocerse en el mismo papel de aquellos a los que rechazaban cuando estaban ebrios de felicidad.

Sin embargo, la globalización de los efectos perniciosos en el individuo y en la sociedad de la enfermedad de la felicidad trae consigo una esperanza: cada vez es mayor el número de gente que puede ver que el rey está desnudo y que puede gritarlo. Si la salvación siempre es individual, la conciencia social nunca lo es. No podemos basar nuestra felicidad como individuos o como sociedades en las cosas que enriquecen a unos y empobrecen a otros.

21 comentarios:

Lichazul dijo...

tocas dos temas el de la felicidad y el tema de la globalización

apenas cabemos todos en Un solo planeta, no tenemos a donde más huir, entonces esto de ser global es lo más normal que ocurra, raro sería que las personas no intentaran sociabilizar cuando todos estamos expuestos a los giros del planeta

Lo Material es otro tema, y pienso que es lo que impide evolucionar en consciencia al hombre, la idea de que lo material es sinónimo de plenitud y "felicidad", es la cosa más absurda, ya que ni siquiera un hueso te llevas cuando te mueres, todo queda acá para los otros.

lo de la felicidad , como ya te lo escribí, es manifestar una Actitud Positiva frente a la realidad (sea cual sea)

Lichazul dijo...

besitos

BLOGOSFERIA dijo...

Así están las cosas...así es el sistema..esclavos productores,la mayoría... para el bien de una minoría..así ha sido siempre...
y como esclavos productores que somos..también se nos manipula para consumir..y es en ese consumo en el que nos hacen creer que se basa nuestra felicidad..,

Saludos y felicidades por ese buen post!!!!

Anónimo dijo...

Pero siempre fue así, desde el principio de la historia conocida el hombre se ha dejado engañar con la promesa de la felicidad futura. Globalizados o no el ser humano es así de simple.

Y nuestra civilización, como todas, esta destinada a desaparecer, y por los mismos motivos: envidia, corrupción y crueldad; no hemos aprendido nada de la historia, seguimos creyendo que nuestra raza, cultura, conocimiento o religión es mejor que la de los otros; solo hay que ver como proliferan los nacionalismos y como dominan, nuestro mundo actual, las ideologías religiosas extremistas. Seremos siempre pasto de los que nos quieran engañar, pues confundimos felicidad con satisfacción y tener con ser. Hay que empezar a buscar culpables dentro de nosotros; ellos solamente nos venden lo que queremos comprar.

Alicia Montero dijo...

Querido Maestro, he leìdo con cuidado tu entrada, porque la merece, para mi.
El sistema, la globalización ha hecho de los ricos más ricos, lo que ha creado todos los conflictos, de lo que hoy, somos testigos.

"Nos han vendido" la felicidad disfrazada, sin fijarnos cuán oneroso era el disfraz, y la felicidad es lo único que desea el ser humanos, y bué...muchos la compraron...ufff!
Lo que recuerdo es que desde el 2008, mi primer viaje a España, ya estaba la crisis....ahora comprendo que es un desastre....
Has detallado todo tan bien que me he asustado...

besos mi querido amigo,

Ali

José Luis Ríos Gabás dijo...

Un tema complicado, creo. La felicidad que nos venden, o que nos han vendido hasta ahora es la que tú explicas muy bien, la felicidad de la que hablan los medios de comunicación
y la publicidad, asociada a poseer bienes, éxito, satisfacciones hedonistas, tal como dices tú. Supongo que solo una educación sólida en conocimientos pero también en valores, y el paso de los años, que te hace casi inevitablemente menos estúpido, hace que reflexiones en serio sobre tus prioridades vitales, y, en algunos casos, pienses en serio en hacer las cosas o en llevar una vida cercana a esa otra felicidad, más adulta. Quizás esa gente que lo consigue sea minoría, y viva, en cierta manera, un exilio interior, ya que su modo de vida no comulga con el estilo de vida de la mayoría ni con la presión que hacia ese estilo ejercen la publicidad y los medios de comunicación, tan cercanos hoy a la publicidad también. Es complicado, todo esto.

Un abrazo

Neogéminis dijo...

El concepto de felicidad hoy difundido por esta sociedad consumista en la que vivimos, abarca, principalmente las posesiones materiales, es cierto, y quizás el termómetro para medir cuándo se deja de ser "feliz" es cuando se pierden esas posesiones o cuando no se puede aspirar a ellas. Pero también hay que tener mucho cuidado con esos discursos tramposos que echan la culpa a los sectores medios por haber vivido "como ricos" cuando no lo eran!...eso -creo- parte de una falacia que busca culpar de la crisis a quienes en realidad son víctimas y ven cómo se les quita el llamado estado de bienestar al que legítimamente llegaron. Ese argumento busca -según mi entender- esquivar la causa de fondo relacionada con los especuladores financieros que dieron origen a la situación crítica que hizo estallar el sistema capitalista que los creó y sostuvo y al que recurren ahora para que los libre de caer en bancarrota,a la vez que reclaman más y más recortes en el andamiaje social básico, como salud, educación y administración pública.
Por supuesto que en el aspecto del capitalismo globalizado -y basándose en el mismo principio de la supremacía de los más fuertes- la postergación de las grandes masas subdesarrolladas resulta ser consecuencia directa de la abundancia de los más ricos, y eso es imprescindible corregir, pero creo que no se puede hoy en día suponer que cualquier otro sistema económico y político que se busque implementar para el equilibrio de las naciones, pueda partir de la base del aislacionismo.
En fin, un tema que da para mucho y presenta multiplicidad de aristas para debatir.

un abrazo

Myriam dijo...

Pues la clave, creo yo, está justamente en eso: Globalizar una nueva conciencia solidaria y proactiva para lograr Justicia Social a nivel planetario. Sigamos sumando gente que pueda ver el rey desnudo y lo grite.

Gracias Pedro, por esta serie tuya porque Pensar en Mundo, y con mayúsculas, es lo que necesitamos.

Besos

Abejita de la Vega dijo...

La rueda del hamster, así es, nunca lo había pensado...
Atinada, y extensa, reflexión.
No ser infelices,a eso sí podemos aspirar. Y a que nuestra felicidad no sea la infelicidad de otros. Un mundo nuevo.
Besos

Merche Pallarés dijo...

Creo que ya sabes mi opinión sobre la "felicidad" porque la hemos tocado otras veces, pues eso. No creo en la "felicidad" y menos en la falsa felicidad impuesta por la propaganda del "tener". Otra falacia que se cae por su propio peso. Besotes infelices pero felices a mi manera, M.

Estrella dijo...

Qué difíl lograr una conciencia social. Somos demasiado idiotas individualmente para conseguir eso.

Gracias por estas reflexiones tan interesantes, Pedro

Saludos

mojadopapel dijo...

Vivir en sociedad pero sin conciencia social es la mayor negación de ella, pero tristemente es en lo que nos hemos convertido "el hombre es un lobo para el hombre", la competencia tampoco nos ayuda a mejorar sino a destruir todo valor social.

Spaghetti dijo...

Lo mejor de la vida es gratis.

Paco Cuesta dijo...

Reinterpretar la felicidad en clave de denuncia con reflexiones que hacen pensar, no es tan notorio como las manifestaciones de calle pero quizá deje más poso. Gracias.
Un abrazo

Joselu dijo...

Una cuestión no baladí sería interrogarse por el nivel de bienestar material del autor de la entrada, saber si ha sido tocado sustancialmente por la crisis, si está en paro, si contempla los toros en campo abierto o desde la barrera porque hay reflexiones que depende su interpretación de la perspectiva desde la que son hechas. Es diferente contar un naufragio desde la nave que se va a pique, o desde el espigón que ve el observador cómo se va hundiendo chocando con los arrecifes o tal vez desde la literatura, sin ver siquiera el barco que se está despedazando e imaginándolo desde el lenguaje en el que puede ser sugerente hablar de la sociedad de la felicidad.

Kety dijo...

Hablando de felicidad... Te deseo felices vacaciones. :-)
Un abrazo

Pedro Ojeda Escudero dijo...

JOSELU: demasiadas suposiciones sin conocer al autor de la entrada, ¿no crees? Por otra parte, si solo los que sufren pueden hablar del sufrimiento, mataríamos la medicina. Tu propuesta es un reduccionismo brillante como juego pirotécnico pero nos dejaría sin sociedad. Exactamente lo que pretenden aquellos que buscan el control por la mordaza.

Ele Bergón dijo...

Nos han vendido y nos venden la felicidad como el humo y la felicidad la tiene que buscar cada uno por su camino. La felicidad es un estado de armonía consigo mismo, pero sin mentirse nunca.

¿ Por qué les interesa tanto a todos nuestra felicidad? Ya es bastante con buscar la propia.

Un abrazo

Luz

Alonso dijo...

Es lo màs absurdo medir la felicidad en base a la riqueza,he conocido persona ricas cuyas vidas son una desgracia, asi como gente pobre que es feliz y todo depende mucho de como afrontamos la vida y que cosas tienen màs valor (obviamente no me refiero a un valor econòmico).Optimo post .. cessione del quinto

Campurriana Campu dijo...

Somos asquerosamente individualistas y en este país especialmente. ¡Cuántas inútiles soluciones conseguimos y qué fácil sería compartir para resolver incidencias, problemas, quebraderos de cabeza...!

dafd dijo...

Entonces no estamos anestesiados, sino sedientos de esa felicidad perniciosa. Su búsqueda es lo que mantiene nuestra esperanza y nos persuade a no mover nada.