Desde la caída del muro de Berlín en 1989, la etapa histórica que conocemos como Postmodernidad estaba necesariamente superada aunque podamos marcar esa fecha como su hito central. El cúmulo de ideas que la sostenían había nacido para dar salida a la situación de bloqueo de la etapa final de la Modernidad, que había dividido radicalmente el mundo en dos en lo que parecía un conflicto sin solución posible. Aunque muchos negarán el éxito a las ideas postmodernas, lo tuvo. Pero, como suele ocurrir en todas las fases históricas, el éxito es el anuncio de que nace un nueva realidad, una nueva situación histórica. Y las ideas que la han propiciado comienzan, por erosión, a no ser válidas para dar salida a los nuevos problemas.
La caída del muro de Berlín significó la desaparición de un status quo basado en el enfrentamiento entre dos concepciones del mundo: la capitalista y la comunista; el mundo basado en las ideas liberales tal y como se entendía el liberalismo tras el final de la II Guerra mundial (el liberalismo, por mucho que se empeñen algunos guardianes de la ortodoxia no ha sido siempre igual) y el mundo basado en las ideas soviéticas (también con sus variantes). Este enfrentamiento buscaba un equilibrio frágil pero equilibrio, al fin y al cabo, basado en la carrera de armamentos (con la culminación en la amenaza de la guerra nuclear), los conflictos locales en los que se jugaban posiciones estratégicas del tablero mundial y la medida tensión de la política internacional.
Tras la caída del muro de Berlín, Fukuyama pudo anunciar, incluso, el fin de la historia y el advenimiento de un mundo basado en el neoliberalismo y el pensamiento único. Pronto aparecieron grietas en un sistema que parecía haber logrado la estructura perfecta: una sola potencia se declaró la guardiana exclusiva de este mundo, se barrieron las fronteras nacionales para que pudieran actuar a su antojo las grandes multinacionales que se convirtieron en un factor de poder real muy superior a los gobiernos locales provocando desajustes en un continuo choque de placas en el que parecía incuestionable el camino a tomar, los llamados países emergentes tomaban solo las partes convenientes del neoliberalismo (proceso fomentado por los intereses financieros internacionales) mientras seguían aplicando en el interior medidas poco o nada liberales puesto que no se había procurado una mínima cohesión social previa, aparecieron factores religiosos y de otro tipo en grandes zonas del mundo a los que el neoliberalismo no podía dar soluciones correctas, etc.
Una buena parte de la crisis actual, que tanto ha afectado a la vertebración europea, se debe a que no se ha hallado una nueva forma de equilibrio a ese pensamiento único, capitalizado, además, por los sectores más duros del nuevo liberalismo, los llamados neoconservadores y las empresas que trasformaban al cliente en mero consumidor. Durante la época de bonanza a nadie le preocupó tal cuestión puesto que todo el mundo parecía satisfecho con el enriquecimiento fácil y rápido. Parecía haberse alcanzado, de verdad, el fin de la historia: un paraíso del capitalismo en el que todos pudiéramos soñar con ser ricos o, al menos, parecerlo de una manera lo suficientemente atractiva como para que las reivindicaciones sociales no contuvieran peligro para el sistema establecido sino, en todo caso, su fortalecimiento (nadie parecía querer otra cosa sino lo mismo que los demás). Europa -sus dirigentes, sus ciudadanos- no supieron ver que el neoliberalismo que se les ofrecía, sin contrapeso, no encajaba bien con una de las virtudes de la esencia europea por la que venía luchándose desde el siglo XVIII y que, aunque no se había conseguido del todo en el XX, estaba más cerca que nunca: la cohesión social, un sistema de democracia liberal que la protegía y, por ello, defendía el estado de equilibrio social que, sin ser perfecto, era el mejor que había existido nunca y, a todas luces, el más equilibrado que existía en el mundo. Pero la realidad estaba envenenada del llamado pensamiento único y de un consumismo irracional que se convirtió, finalmente, en el motor único de Europa. Europa, hasta la crisis, ya no era una idea, sino un mercado en el que prescindir de las ideas que habían hecho del continente un proyecto.
Con la crisis, Europa ha tomado parte de la medicina que había recetado a otros países cuando lideraba el mundo: en esto, si se aprendiera de la experiencia, podríamos sacar una buena lección. No soy optimista al respecto, por supuesto. Una de las cosas que se juega ahora es, precisamente, si Europa es capaz de generar ideas como las que hicieron aparecer el concepto de ciudadano o de democracia. Ver solo la crisis como una cuestión financiera es no entender lo que ocurre: esta crisis es una fractura de las ideas que han sostenido el concepto de Europa.