Hay muchas formas de afrontar lo que le pasó a Cervantes con su Quijote cuando descubrió que alguien se apropiaba de su creación para continuarla pero sin llegar a comprender del todo la profundidad del texto original. A la sorpresa y la rabia por lo que entendió como usurpación, Cervantes debió añadir la indignación al sentir que Alonso Fernández de Avellaneda -fuera éste quien fuera- no había sido capaz de seguir la profunda revolución que implicaba la primera parte de la novela. En vez de escribir un folleto impugnando al tapado, Cervantes decidió introducir el hecho dentro de su propia continuación y utilizarlo como acicate para profundizar en el camino que había decidido para su narración. Nunca antes había ocurrido nada similar en la historia de la literatura. De hecho, a partir de ahora hallaremos continuamente referencias a la novela de Avellaneda e incluso imitaciones cervantinas de la continuación falsa tomadas con inteligencia para mostrar su propio camino.
Cervantes preparó cuidadosamente la manera en la que se debía introducir la primera noticia de la continuación falsa en su propia obra. Si recordamos, el capítulo anterior se abría con un elogio de la libertad y se cerraba con una consecuencia de ella (don Quijote y Sancho atropellados por los toros). Como dice don Qujote en el arranque de éste, el desastre acontece cuando debería haberse visto encumbrado en la gloria y no arrastrado por el suelo, entre otras cosas, porque sus aventuras ya habían sido dadas a conocer por la imprenta a la manera de las grandes hazañas de la caballería:
-Come, Sancho amigo -dijo don Quijote-, sustenta la vida, que más que a mí te importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas de mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo; y, porque veas que te digo verdad en esto, considérame impreso en historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces. Esta consideración me embota los dientes, entorpece las muelas, y entomece las manos, y quita de todo en todo la gana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre: muerte la más cruel de las muertes.
La situación vuelve a dar ocasión para que se vea la diferencia de ánimo de los dos protagonistas, aunque, singularmente, observamos cómo Cervantes resalta las modificaciones que ha introducido en Sancho con respecto a la primera parte para que se observen mejor los cambios en el personaje con respecto a Avellaneda.
La pausa en el camino tiene una múltiple función que prepara lo que vendrá: por una parte, muestra los rasgos de la personalidad de los protagonistas que quiere enfrentar con los de la continuación falsa; por otra, incide en el motivo de que los protagonistas son conscientes de ser personajes de libro -cosa que es permanente en toda la segunda parte pero aquí viene a reforzar lo que sucederá en la venta-; por último, recupera la historia de los azotes que deberán desencantar a Dulcinea, que también es un motivo constante en la segunda parte y que será inmediatamente retomado en los párrafos siguientes como una prueba para diferenciar al verdadero Quijote del falso.
Tras el descanso reparador -es curioso cómo Cervantes se toma su tiempo y hace lenta la narración en un momento en el que debía hervirle la sangre-, los protagonistas llegan a una venta que don Quijote toma como tal y no como castillo: es algo necesario para lo que sucederá en ella pero también es un recurso que acentúa la ambigüedad de su personaje frente a la locura decidida del de Avellaneda. Aún demora más Cervantes lo que vendrá con la introducción temática de un viejo y exitoso chiste sobre las ventas, los venteros y su despensa, que aun se cuenta en las actuaciones de los cómicos.
Finalmente, don Quijote y Sancho oyen la conversación que se mantiene en el cuarto de al lado sobre una segunda parte de sus aventuras que a los que participan en ella les parecen inferiores a la primera: los personajes desmerecen la original e incluso don Quijote ya no está enamorado de Dulcinea. La reacción de don Quijote y Sancho no se hace esperar y denuncian la superchería ante los caballeros lectores, a los que no les cuesta darles la razón al comprender que son ellos los que se ajustan al original (de paso, Cervantes, vuelve a subrayar la complejidad de su protagonista).
Observemos el juego cervantino. Vimos cómo al inicio de la segunda parte introduce las noticias de la impresión de la primera y eso tiene incidencia notable tanto en los sucesos que acontecen como en la conciencia de los personajes protagonistas y de muchos de los que se han ido encontrando en el camino, singularmente los Duques. Casi de la misma manera introduce las noticias de la segunda parte falsa: pero en ese casi hay un mundo. Por una parte, don Quijote hojea el libro cuando no lo hizo con el volumen que contenía la primera parte; por otra, mientras aceptaron la fama que implicaba ésta, se niegan a cargar con la de aquélla. Lo más curioso es que Cervantes tira de humor inicialmente para justificarlo: el rechazo de don Quijote se basa en tres razones que él considera claves pero que ninguna de ellas, en verdad, lo son. Ni las palabras del prólogo afectan a la materia narrativa -aunque sí a Cervantes-, ni el lenguaje, por muy aragonés que sea tampoco. Por último, don Quijote reprende a Avellaneda llamar por otro nombre a la mujer de Sancho, cuando el mismo Cervantes había cometido ese error en la primera parte.
A partir de este rasgo humorístico, se desarrolla lo verdaderamente esencial puesto que se produndizará en las diferencias esenciales entre una y otra continuación en un juego cervantino en el que imita y confronta a quien le imita para destruirlo en una tensión narrativa de radical modernidad. Por eso, la primera decisión de don Quijote es demostrar su independencia: no irá a Zaragoza, como había pensado hasta ahora, sino a Barcelona.
Con todo ello, con un resultado sencillo de comprender para el lector, Cervantes ha jugado una partida teórica de alto calado sobre la lectura, la autoconciencia de los personajes y la intertextualidad.
Veremos, el próximo jueves, qué ocurre en el capítulo LX.
Cervantes preparó cuidadosamente la manera en la que se debía introducir la primera noticia de la continuación falsa en su propia obra. Si recordamos, el capítulo anterior se abría con un elogio de la libertad y se cerraba con una consecuencia de ella (don Quijote y Sancho atropellados por los toros). Como dice don Qujote en el arranque de éste, el desastre acontece cuando debería haberse visto encumbrado en la gloria y no arrastrado por el suelo, entre otras cosas, porque sus aventuras ya habían sido dadas a conocer por la imprenta a la manera de las grandes hazañas de la caballería:
-Come, Sancho amigo -dijo don Quijote-, sustenta la vida, que más que a mí te importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas de mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo; y, porque veas que te digo verdad en esto, considérame impreso en historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces. Esta consideración me embota los dientes, entorpece las muelas, y entomece las manos, y quita de todo en todo la gana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre: muerte la más cruel de las muertes.
La situación vuelve a dar ocasión para que se vea la diferencia de ánimo de los dos protagonistas, aunque, singularmente, observamos cómo Cervantes resalta las modificaciones que ha introducido en Sancho con respecto a la primera parte para que se observen mejor los cambios en el personaje con respecto a Avellaneda.
La pausa en el camino tiene una múltiple función que prepara lo que vendrá: por una parte, muestra los rasgos de la personalidad de los protagonistas que quiere enfrentar con los de la continuación falsa; por otra, incide en el motivo de que los protagonistas son conscientes de ser personajes de libro -cosa que es permanente en toda la segunda parte pero aquí viene a reforzar lo que sucederá en la venta-; por último, recupera la historia de los azotes que deberán desencantar a Dulcinea, que también es un motivo constante en la segunda parte y que será inmediatamente retomado en los párrafos siguientes como una prueba para diferenciar al verdadero Quijote del falso.
Tras el descanso reparador -es curioso cómo Cervantes se toma su tiempo y hace lenta la narración en un momento en el que debía hervirle la sangre-, los protagonistas llegan a una venta que don Quijote toma como tal y no como castillo: es algo necesario para lo que sucederá en ella pero también es un recurso que acentúa la ambigüedad de su personaje frente a la locura decidida del de Avellaneda. Aún demora más Cervantes lo que vendrá con la introducción temática de un viejo y exitoso chiste sobre las ventas, los venteros y su despensa, que aun se cuenta en las actuaciones de los cómicos.
Finalmente, don Quijote y Sancho oyen la conversación que se mantiene en el cuarto de al lado sobre una segunda parte de sus aventuras que a los que participan en ella les parecen inferiores a la primera: los personajes desmerecen la original e incluso don Quijote ya no está enamorado de Dulcinea. La reacción de don Quijote y Sancho no se hace esperar y denuncian la superchería ante los caballeros lectores, a los que no les cuesta darles la razón al comprender que son ellos los que se ajustan al original (de paso, Cervantes, vuelve a subrayar la complejidad de su protagonista).
Observemos el juego cervantino. Vimos cómo al inicio de la segunda parte introduce las noticias de la impresión de la primera y eso tiene incidencia notable tanto en los sucesos que acontecen como en la conciencia de los personajes protagonistas y de muchos de los que se han ido encontrando en el camino, singularmente los Duques. Casi de la misma manera introduce las noticias de la segunda parte falsa: pero en ese casi hay un mundo. Por una parte, don Quijote hojea el libro cuando no lo hizo con el volumen que contenía la primera parte; por otra, mientras aceptaron la fama que implicaba ésta, se niegan a cargar con la de aquélla. Lo más curioso es que Cervantes tira de humor inicialmente para justificarlo: el rechazo de don Quijote se basa en tres razones que él considera claves pero que ninguna de ellas, en verdad, lo son. Ni las palabras del prólogo afectan a la materia narrativa -aunque sí a Cervantes-, ni el lenguaje, por muy aragonés que sea tampoco. Por último, don Quijote reprende a Avellaneda llamar por otro nombre a la mujer de Sancho, cuando el mismo Cervantes había cometido ese error en la primera parte.
A partir de este rasgo humorístico, se desarrolla lo verdaderamente esencial puesto que se produndizará en las diferencias esenciales entre una y otra continuación en un juego cervantino en el que imita y confronta a quien le imita para destruirlo en una tensión narrativa de radical modernidad. Por eso, la primera decisión de don Quijote es demostrar su independencia: no irá a Zaragoza, como había pensado hasta ahora, sino a Barcelona.
Con todo ello, con un resultado sencillo de comprender para el lector, Cervantes ha jugado una partida teórica de alto calado sobre la lectura, la autoconciencia de los personajes y la intertextualidad.
Veremos, el próximo jueves, qué ocurre en el capítulo LX.