jueves, 1 de abril de 2010

Más consejos, mil refranes y nueva victoria de Sancho (Cap. 2.43).


Después de muchos y buenos consejos, Cervantes deja que la conversación entre Don Quijote y Sancho se enrede en el asunto de los refranes para depararnos un sorprendente giro final: a pesar del miedo de don Quijote ante los muchos defectos que ve en su escudero, éste debe reconocer que Sancho tiene lo esencial para ser un buen gobernador.

Ya advertía la semana pasada que teníamos que tener cuidado con la descontextualización de esta conversación entre amo y criado puesto que las cuestiones generales están enraizadas en la caracterización de sus personajes. Cervantes plantea una situación de inicio que se modifica sustancialmente al final del capítulo que comentamos esta semana. Este giro cervantino -ya hemos visto varios de este tipo- no siempre ha sido apreciado, lo que provoca una lectura insuficiente de estos consejos.

Inicialmente, la posición de superioridad en la que se sitúa don Quijote queda de manifiesto cuando se cree en la obligación de aconsejar a su criado, al que considera un porro. Para ello, construye un argumentario que parte tanto de aforismos clásicos como de la visión cívica del erasmismo, aunque no son originales, todo ello se ha adaptado a la inteligencia de Sancho y expresado de forma tan directa y sencilla que se ha grabado en la mente de los lectores durante siglos.

En el capítulo de esta semana estos consejos pasan a cosas más concretas: la higiene, la dieta, el comportamiento general, la forma de vestir o de hablar, etc. Detrás de todo ello hay mucho de burla ante costumbres sociales de su tiempo que eran entendendidas como distinguidas y acogidas con entusiasmo para aparentar ser alguien y que los moralistas y el mismo Cervantes criticaban con dureza: incluido el analfabetismo de muchos de los que ejercían el poder o la costumbre de regoldar (aquí hay una muestra del olfato lingüístico cervantino al apuntar que esta expresión caerá en desuso frente al cultismo eructar: pero también una ironía porque anuncia con más seguridad el triunfo del eufemismo que la desaparición de la costumbre). A los lectores actuales les sorprenderá que entre ellas se sitúe la consideración sobre los zurdos, pero cualquiera que tenga más de cuarenta años recordará que hasta hace poco se creía que los zurdos lo eran por pereza, falta de destreza o menor inteligencia.

Todos los consejos de Cervantes se dan desde la mejor voluntad pero siempre desde la desconfianza que le depara la capacidad de Sancho para ser un buen gobernador:

Dios te guíe, Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a mí me saque del escrúpulo que me queda que has de dar con toda la ínsula patas arriba, cosa que pudiera yo escusar con descubrir al duque quién eres, diciéndole que toda esa gordura y esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes y de malicias.

El que todo se enrede con la cuestión de los refranes, es lógico. El refrán era entendido como sentencia popular: en donde se concentraba la sabiduría de siglos y el sentido común. Ya hemos visto que su uso excesivo es una característica del personaje de Sancho (en el capítulo hay un divertido juego con uno -documentado anteriormente al Quijote- que alude a la característica opuesta al personaje: al buen callar llaman Sancho). Bien usado es un dardo certero, mal usado es una sarta sin fin de despropósitos, lo que molesta mucho a don Quijote y aquí vuelve a decírselo a Sancho, quien no puede evitar usarlos (Eso Dios lo puede remediar, etc.) hasta provocar de nuevo la irritación de su amo.

Es interesante que sea la discusión sobre los refranes la que anticipe el giro final. Ante los escrúpulos de su amo, sale el comportamiento natural de Sancho:

-Señor -replicó Sancho-, si a vuestra merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aquí le suelto, que más quiero un solo negro de la uña de mi alma que a todo mi cuerpo; y así me sustentaré Sancho a secas con pan y cebolla, como gobernador con perdices y capones; y más que, mientras se duerme, todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos; y si vuestra merced mira en ello, verá que sólo vuestra merced me ha puesto en esto de gobernar: que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre; y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.

Basta esto para poner en evidencia que al manual del buen gobernador de don Quijote le faltaba lo esencial. Cervantes, de forma tan sutil, propugna, a través de la respuesta final de don Quijote, que previo a todo comportamiento social y aprendido -sin duda necesario pero siempre secundario- ha de prevalecer la ley natural. Cosa que está muy adentro de Sancho sin saber ni leer ni escribir (es decir, es una característica pre-cultural) quien, de nuevo, sale victorioso sobre su amo en este juego que se ha establecido entre ambos en la segunda parte. Don Quijote no puede más que reconocerlo:

-Por Dios, Sancho -dijo don Quijote-, que, por solas estas últimas razones que has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas: buen natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga; encomiéndate a Dios, y procura no errar en la primera intención; quiero decir que siempre tengas intento y firme propósito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren, porque siempre favorece el cielo los buenos deseos.

Recordemos que el capítulo se había iniciado con una reflexión sobre la alternancia entre locura y cordura de don Quijote. No menos evidente es la de Sancho entre su natural bondad y la simpleza de su comportamiento en sociedad: Sancho es menos Sancho cuando intenta agradar a los que están por encima de él en la jerarquía social. Toda una lección cervantina.

El próximo jueves veremos qué nos depara el capítulo XLIV.

17 comentarios:

Abejita de la Vega dijo...

Sancho ha de seguir atendiendo a los prudentísimos consejos de un loco. El narrador, ése que lo sabe todo, comienza el capítulo preguntándose quién oyera el razonamiento de don Quijote que no lo tuviera por persona cuerda. A lo largo de esta historia, sólo ha disparatado en lo tocante a la caballería, en todo los demás “claro y desenfadado entendimiento”. Empieza don Quijote con “los consejos segundos”. Donaire, discreción y locura, sí también la locura, van a alcanzar una cota muy elevada. Preparaos.

Sancho, preñado de gobierno, escucha con atención, a su señor y procura memorizar sus consejos para salir” a buen parto”. Buena imagen, que tengas una hora corta, escudero.

Don Quijote, ahora, va a descender al gobierno “de persona y casa”. El primer consejo es la limpieza, algo no tan obvio entonces, con una atención especial a cortarse las uñas. No debe dejárselas crecer, luciendo ese “escremento” que no es sino ”garra de cernícalo lagartijero”. Nos da la impresión de que Cervantes, siente especial repugnancia por este “puerco” hábito y, sobre todo por aquellos que las llevan largas como prueba de hidalguía, como señal de no haber trabajado nunca manualmente.

Sancho no debe llevar la ropa floja porque eso da a entender que su ánimo anda por los suelos. Y si llega tan alto que ha de uniformar elegantemente a sus criados, lo hará con librea más práctica que vistosa. El pecado de soberbia ha de compensarlo con la virtud de la caridad: si tiene seis hatos, vestirá a tres criados y a tres menesterosos.

Si Sancho come ajos y cebollas, el olor le delatará como villano. No los ha de probar, aunque formen parte de sus hábitos más arraigados.

Ha de andar despacio y hablar reposadamente, pero sin afectación. No ha de dar la impresión de que se escucha a sí mismo.

Comerá poco y cenará muy poco, que en el estómago está la oficina que gestiona la salud. Sancho está acostumbrado a pasar hambres por esos caminos, no hay problema: pan duro, queso duro como para descalabrar a un gigante, algarrobas, avellanas, nueces…

Esas frugales colaciones suelen ir regadas con agua, que no siempre el vino de su bota le permite estar “mirando a las estrellas un cuarto de hora”; como en aquella hiperbólica ocasión, invitado por el escudero del “del Bosque”. Es cierto que, en ocasiones, le vemos de camino, menudeando tragos, “con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga”. Mas, cuando el pequeño odre se vacía, sabe que no llevan camino de “remediar tan presto su falta”. No hay tanto peligro, al parecer, de que el “vino demasiado” le haga irse de la lengua y desvelar algún secreto.

Abejita de la Vega dijo...

Al comer y al beber, Sancho ha de guardar las buenas formas: ni mascar a dos carrillos ni “erutar “en público. El gobernador insulano a eso de erutar”, lo llama “regoldar”. Don Quijote se muestra partidario del latinismo erutar, introducido por la gente “curiosa” y, aunque haya gente que no lo entienda, “el uso los irá introduciendo “. Considera “regoldar” como “un torpe vocablo”, tal vez demasiado descriptivo. Sancho está acostumbrado a decir “regoldar” y le cuesta la otra palabra. Lo tendrá en cuenta, que él regüelda a menudo o como quiera llamarlo.

Y llegamos a algo que irrita sobremanera a don Quijote: su costumbre de mezclar refranes en sus pláticas, vengan o no a pelo. No lo puede remediar, sabe tantos que se apelotonan en su boca, riñen entre sí, pugnan por salir y, al final, la lengua dispara a los primeros que pilla. Que es así queda demostrado a continuación. Está diciendo que tendrá en cuenta de decir sólo los que convengan a su cargo y, de pronto, dispara cuatro refranes ensartados: la casa llena, el que destaja, el que repica y el de dar y tener. Y vete a saber lo que nos quiere decir con esa sarta.

¡Cómo se enfada don Quijote! Le está diciendo que evite refranes y, en un instante, ataca con una “letanía” de ellos. Le advierte, ya más calmado, que su plática refranera será “desmayada y baja”.

El andar a caballo es un tema principal, ha de parecer caballero y no caballerizo. Ni echarse hacia atrás, ni llevar las piernas estiradas y lejos del caballo, ni tan flojo que parezca ir sobre el rucio.

Ha de madrugar con el sol, para disfrutar del día. Tendrá en cuenta que la diligencia ayuda a los buenos deseos y la pereza jamás.

Como “último consejo” provechoso, quiere que lleve en la memoria que nunca se ponga a “disputar de linajes”, comparándolos odiosamente. No creo que el linaje de los Panzas se preste a disputas.

Su vestido será: “calza entera, ropilla larga “y “herreruelo un poco más largo”. Ropa que le cubra bien, nada de greguescos que dejan al aire los muslos. Esos son propios de la soldadesca, nunca de caballeros andantes o gobernadores.

(Continúa)

pancho dijo...

DON QUIJOTE DE LA MANCHA. CAPÍTULO 2. 43
Como venimos de un capítulo que prácticamente es un monólogo de DQ dando consejos a su escudero, sólo interrumpido por éste para hablarnos de su pasado como porquero y cuidador de gansos, el contraste con esta segunda tanda de consejos se acentúa. Cervantes nos ofrece una nueva muestra de lo poco amigo que es de repetir esquemas ya gastados, desgranando estos consejos para el cuerpo de S, por ende válidos para cualquier gobernante, de una forma natural en el diálogo entre amo y escudero. Por una vez parece que el autor se quita la careta de la ambigüedad en una serie de consejos claros que complementan los del alma del capítulo anterior.
El narrador nos advierte, sin embargo, al echar a andar el capítulo de que la locura del hidalgo no es algo que se perciba como constante, sino más bien se trata de una situación latente que sólo aflora en lo tratante a la caballería. Con todo, no acaba de decir eso cuando en el mismo párrafo afirma: “[…] en ésta destos segundos documentos que dio a Sancho, mostró tener gran donaire, y puso su discreción y su locura en un levantado punto.” Texto en el que se afirma la cordura de DQ y su contrario: Cervantes con su ambigüedad a cuestas queriéndonos llevar a los lectores al huerto de su mundo disparatado.

El grueso de los consejos se nutre de normas de urbanidad que van de la limpieza y crecimiento de uñas, compostura en el vestir, andares, olores corporales, formas a la mesa con atención a la templanza en el comer y beber, hasta las maneras de andar y montar a caballo. En fin, un conjunto de normas que parecen la inspiración y origen de todas aquellas que nos repetían y machacaban de pequeños en los colegios de los años sesenta.

pancho dijo...

Aprovecha Cervantes la intervención de S acerca de los eructos a la mesa para darnos una anotación de Semántica, de cómo se van formando los vocablos de las lenguas. En este caso, aboga por la introducción de términos cultos, provenientes del latín, hacerlos populares entre los hablantes, buscando el enriquecimiento del idioma, algo que sólo se logra si los términos se usan. Nos habla de la superioridad del nivel culto de la lengua, siempre que su uso no se vea restringido a ámbitos académicos y eruditos. Se trata de un breve intercambio en el diálogo entre DQ y S sobre el uso de regoldar y eructar que en unas líneas dice más del asunto que otros en tratados enteros. Diálogo delicioso que uno no se cansa de releer.

DQ le reprocha a su escudero que ensarte refranes sin venir a cuento “ que más parecen disparates que sentencias”. S le contesta que eso sólo Dios será capaz de remediarlo pues sabe más que un libro, pero le promete ser más comedido en el futuro teniendo en cuenta la seriedad del cargo.

S comprende que todos los consejos van en su beneficio, pero de difícil asimilación si no se los da por escrito, ya se encargará él de que el confesor le desentrañe el misterio de la escritura.

DQ se auto inculpa de que su subalterno no sepa leer ni escribir. Resulta cuanto menos curiosa la mezcla que hace del uso de la mano izquierda y el analfabetismo. “Gran falta es la que llevas contigo, y así, querría que aprendieses a firmar siquiera.”, de ambas deficiencias se podía deducir el origen humilde o persona traviesa. Para S no representa ningún problema, pues teniendo de su mano el bastón de mando: “ popen y calóñenme”, andarán todos más derechos que una vela.

El Caballero quiere saber cómo se las arregla para ensartar tantos refranes que más parece “un costal lleno de refranes y de malicias.” cuando a él le cuesta dios y ayuda encontrar uno apropiado. Se siente desplazado por la incontinencia sanchopancesca de sentencias y la inteligencia natural de su escudero. Sin embargo, no reniega de su ascendente sobre su subordinado y se siente responsable del papel que S pueda desempeñar durante el gobierno de la ínsula cuando le dice: “si mal gobernares, tuya será la culpa, y mía la vergüenza”

S le confiesa a su amo que si considera que no es apto para el gobierno no tiene ningún problema en renunciar a él, pues igual “me sustentaré Sancho a secas con pan y cebolla, como gobernador con perdices y capones” , rematando la confesión: “más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno. A lo que DQ contesta que sólo por estas razones que responden al sentido común y a su natural sapiencia, merece gobernar. DQ Termina su intervención consejera con el mejor consejo para el cuerpo: seguir el reloj biológico que le habla de ir a comer, sobre todo cuando vas a cosa hecha; mantel puesto de pensión completa en casa de los duques.

Abejita de la Vega dijo...

Por ahora, se acabaron los consejos que, al aconsejado, le parecen “cosas buenas, santas y provechosas”. Pero al desmemoriado escudero no le sirven porque, aparte de lo de las uñas y lo de casarse otra vez, no se acuerda ni se acordará de ninguna. Que se lo den escrito, para que se lo lea su confesor, puesto que Sancho no sabe leer ni escribir.

¡Tanto consejo para llegar al analfabetismo del futuro gobernador! Gran falta es esa, que delata su origen humilde o su indisciplina. Al menos, ha de aprender a firmar.

¿Firmar? Eso sí, sabe firmar con letras como de marca de fardo. En su pueblo, le aseguraban que aquellos torpes trazos decían su nombre. Sancho para todo tiene remedio: fingirá que tiene “tullida la mano derecha”, otro firmará por él. Y como es el que tiene el mando y el palo, si le calumnian irán a por lana y saldrán trasquilados. ¿Con los refranes otra vez? Y le siguen unos cuantos que provocan la cólera de don Quijote.

Maldito sea, que se lo lleven “sesenta mil satanases”. ¡Qué tormento! Lo llevarán a la horca, sus vasallos le quitarán el gobierno, habrá entre ellos “comunidades”. ¡Como aquellos castellanos con el emperador Carlos! A ver si se asusta lo suficiente, la ínsula de sus sueños en peligro…

¿De dónde saca tantos refranes y cómo los aplica? Que para decir y aplicar uno, su amo asegura sudar como si cavase. Un poco exagerado, el hidalgo que nunca ha cavado, seguro.

Sancho no entiende, su señor se queja de “bien pocas cosas”. Sus refranes son su riqueza, y de ella se sirve. Se le ocurren ahora cuatro que vienen “pintiparados”, mas no, no los dirá… “a buen callar llaman Sancho”. Don Quijote le replica que ése del buen callar, no puede ser él. Pero movido por la curiosidad, pregunta qué cuatro refranes se le ocurren ahora, tan al pelo.
Al final los suelta: «entre dos muelas cordales nunca pongas tus pulgares», «a idos de mi casa y qué queréis con mi mujer, no hay responder», y «si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro». Está claro, que el que manda, manda y a callar.

Intenta explicárselo a su señor ¡con tres refranes más! La mota, la viga, la muerta, la degollada, lo que sabe el necio en su casa. Deja al necio, que el necio no sabe nunca nada, ni en su casa, ni en la suya.

“Dejemos esto aquí” dice, él ya ha cumplido con sus consejos, que Dios le guíe y gobierne en su gobierno…”a este costal lleno de refranes y de malicias”.
(Continúa)

Abejita de la Vega dijo...

El escudero no ve muy seguro a su señor y le habla claro. Alto ahí, si no le considera adecuado para el gobierno, igual se sustentará como Sancho a secas que como Sancho gobernador. Con pan y cebolla o con perdices y capones.

Con gran sinceridad le confiesa que no sabe “más de gobiernos de ínsulas que un buitre”. Y si por gobernador le ha de llevar el diablo, prefiere “ir Sancho al cielo que gobernador al infierno”.

Don Quijote ahora considera que merece ser gobernador, y no de una sino de mil ínsulas, por su buen natural.

Con encomendarse a Dios y tener propósito de acertar, es suficiente. El cielo favorece los buenos deseos y le favorecerá.

Y se van a comer, que los duques esperan. Sancho ha vencido frente a los recelos de su amo.

Un abrazo de María Ángeles Merino

Cuídate, que esa fiebre indica algo. Y ¿es un mando a distancia eso que llevas en la mano?

Asun dijo...

¿Y ese mando qué es, para teledirigir a Sancho?

DQ. se convierte en el asesor de imagen de S. Éste, después de la retahíla de consejos anteriores, está como alelado, incapaz de absorber tal cantidad de información.

Se echa las manos a la cabeza pensando que un gobernador no sepa ni leer ni escribir. Al leer esto me preguntaba si no sería también una crítica velada a los gobernantes de la época. Después de leer tu explicación ya veo que sí.

La semana que viene voy a estar fuera. Espero que no me tengas en cuenta si no puedo hacer la tarea y no me pongas falta. Sabes que luego recuperaré el tiempo.
Me llevo el capítulo en audio, porque el libro que tengo es un 2 en 1, o sea, las dos partes en un sólo volumen, y no me cabe.

Cuídate mucho esa fiebre, y ten cuidado cuando salgas de la habitación por la noche, no te vayan a atacar los bichejos de esa selva particular que tienes en casa.

Un beso, Pedro

Merche Pallarés dijo...

Ha sido un alivio en este capítulo no leer a los duques...
El diálogo sobre los refranes ha sido muy certero y gracioso y cuando Quijo dice que a un gobernador le conviene saber leer y escribir... ¡Qué decir! Magnífica crítica cervantina.
Cuida esa fiebre querido Pedro. Muchos besotes, M.

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

Ahora que apuntas lo del tema del zurdo... caí en el estigma que suponía no hace mucho el serlo.Lo que no podía ni imaginar es que en época de Cervantes ya supusiese dicho problema... aún recuerdo cuando a mi compañero le ataban la izquierda a la espalda....salud

Hernando dijo...

Genial como siempre, en el libro hasta tenemos un buen manuel de urbanismo.
Sobre los zurdos, he visto como en el colegio, el profesor darle con una vara unos cuántos varazos en la mano izquierda y obligarle a escribir con la derecha, cada día su ración y de mayor mi compañero ser ambidiestro.

Paco Cuesta dijo...

Sancho asimila las instrucciones que son compatibles con su sentido de la vida

Antonio Aguilera dijo...

He logrado convencer a mi chico y a su madre de que no me encuentro del todo bien como para salir a la calle: mentirijillas piadosas.
YYYUUUUJUUU, me pongo con el capitulo. Tres dias libres, increible....leer, escribir y quizas haya que llevar el niño al cine.

Espero que la hamaca sea de tus medidas. Olvide aconsejar algo de coñac.

salvadorpliego dijo...

Siempre me ha maravillado la figura de Sancho… y más en este capítulo.
Genial tu análisis.

Gracias por compartirlo.

Un fuerte abrazo.

Myr dijo...

Creo que Sancho la tiene muy clara...
Magnífico capítulo.

Señor De la Vega dijo...

Mi Señor Ojeda, en la anterior entrada me admiré del donaire de Don Miguel en el encaje magistral de su visión y crítica social durante estos capítulos de buenos consejos, ofreciendo en boca de su caballero, las más de las veces iluminado, el ideario Cerbantino de gobierno, y en su delicadeza en la manera de hacerlo, sin que resulte sobrado ni pedante ni en boca de engreídos personajes; y como supo utilizar ese mismo momento tan oportuno para equilibrar el rol de ambos y crecer la calidad del dúo, sin descompensar ni el liderazgo de Don Quijote ni la importancia de Sancho pues no le rebaja en lo crecido, al contrario aún más creciéndoles.
Gestan de ese modo, en mi opinión, una admirable complicidad y amistad frente a terceros y frente a ellos mismos. Sin defraudar al lector que ya los quiere y se identifica con ellos.
Obsérvese, que ni por asomo antes del gobierno de la ínsula, se nota envidia del Quijote a Sancho ni arrogancia o desdén de Sancho hacia su amo, la lealtad que se ofrecen es tan firme como loable, y en sus discursos no hay resquicios para la hipocresía, y si han de decirse algo se lo dicen, y desde el natural arrebato que los diferencia, acaban cabalmente en calmado empate.

Por supuesto, tanto aforismos del gusto quijotesco como el refranero de sanchico, eran bien sabidos, pero lo sabio no es memorizarlos, sino el saber manejarlos en el momento oportuno y aplicarlos, eso pretende demostrar Don Quijote en su discurso y en su crítica a Sancho. Y Sancho lo remata con algo también no menos sabio, - que es mejor la felicidad con lo que se tiene y un buen sueño, que la desdicha y el desvelo en conseguir algo que aunque mejor, por no resultarnos apropiado, nos acabe robando la bondad del alma o nos denigre en ello.-
Por supuesto ambos están de acuerdo (aunque acepten el riesgo o la aventura) y en su momento lo dejará zanjado en unas bellas frases Don Quijote cuando finalmente abandonen a los Duques... pero para llegar a eso sufrirán y gozaremos antes de muchos capítulos nosotros.

Suyo, Z+-----

Merche Pallarés dijo...

Nuestro SEÑOR DE LA VEGA siempre consigue poner la guinda sobre el pastel. Besotes quijotescos, M.

BIPOLAR dijo...

:D :D :D "Cernícalo lagartijero"

Sancho tendrá buena voluntad, ánimo, corazón y predisposición pero si no sabe leer y escribir y tan sólo firmar con asteriscos, mal apaño.

"A la mujer y al papel hasta el culo le has de ver" :D

Me pregunto de dónde sacaría Cervantes tanto refrán. ¿Consultaría de algún texto recopilatorio?